Especial Corea del Norte

Kim en la era de los cohetes

Que el régimen de Pyongyang haya desarrollado durante años programas de armas nucleares y misiles balísticos, ha sido la manera más efectiva negociar con Occidente la permanencia de los Kim en el poder.

Por Alberto Rojas M.

Viernes 8 de junio de 2018

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En torno a la cumbre en Singapur entre Donald Trump y Kim Jong-Un, resulta inevitable pensar en cómo un país como Corea del Norte, de apenas 25 millones de habitantes, un PIB per cápita inferior a US$ 1.300 y un bajo nivel de exportaciones con contenido tecnológico, en cuestión de años se transformó en el “villano” de las potencias occidentales al desarrollar su propio programa de armas nucleares y de misiles balísticos.

Un camino que, sin duda, lo llevó al punto donde se encuentra en este momento, convertido en el foco de la atención política y mediática mundial. Y cuyo futuro, en gran medida, se definirá a partir de la ciudad-Estado de Singapur.

Durante la Guerra Fría, el régimen fundado por Kim Il-Sung —el llamado Gran Líder y abuelo del actual gobernante— disfrutó del apoyo político, económico y militar de la Unión Soviética y China. Y, en ese contexto, fue uno de los países que durante este período recibió tecnología nuclear soviética. Sin embargo, a partir de la desaparición de la URSS, en 1991, Corea del Norte quedó en una posición de debilidad que se vio agravada por la muerte del propio Kim, en 1994.

Entonces, las riendas del país fueron tomadas por su hijo Kim Jong-Il, quien impulsó la idea de que Corea del Norte debía dotarse de tecnología nuclear y balística contundente —aunque su padre había firmado el Tratado de No Proliferación Nuclear en 1985—, como una manera de garantizar la existencia del propio régimen, frente a posibles amenazas extranjeras.

Sin embargo, una seguidilla de sequías e inundaciones que causaron una grave hambruna en Norcorea durante la segunda mitad de la década de 1990 —se calcula que murieron cerca de dos millones de personas— llevaron a un escenario que pareció favorable para un acercamiento con la comunidad internacional: Estados Unidos (durante el gobierno de Bill Clinton), Corea del Sur y Japón entregarían ayuda consistente en petróleo, granos y fertilizantes, mientras que Corea del Norte se comprometía a detener su programa nuclear y de misiles.

Paralelamente, Kim dio muestras de querer impulsar reformas económicas similares a las que en su momento había llevado adelante Deng Xiaoping en China; de hecho, un ejemplo de eso fue la creación del complejo industrial binacional de Kaesong.

Además, en junio de 2000 se concretó un esperado encuentro con el entonces presidente surcoreano Kim Dae-Jung, quien se transformó en el primer gobernante de su país en visitar la capital norcoreana. Y ese mismo año, la secretaria de Estado Madeleine Albright visitó Corea del Norte y se reunió con Kim Jong-Il para formalizar el compromiso de que su país abandonaría su programa nuclear. Incluso se especuló que dicho encuentro había sido “la avanzada” para una posible visita de Clinton. Ninguno de esos planes se concretó.

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Las cumbres intercoreanas terminan en Estados Unidos

Aunque la historia de encuentros entre las dos Coreas tiene 18 años, no basta con los acuerdos entre ambas para reducir la tensión.

Cambio de estrategia

La llegada de George W. Bush a la Casa Blanca, en enero de 2001, cambió radicalmente el tono de la relación entre Washington y Pyongyang, al punto de que en su discurso del Estado de la Unión de 2002 Bush incluyó a Corea del Norte junto con Irán e Irak en el llamado “Eje del Mal”. Un conjunto de regímenes que compartían tres aspectos puntuales: no eran democracias, contaban con tecnología para el desarrollo de armas de destrucción masiva y eran percibidos por Washington como claras y directas amenazas a su seguridad.

Los ensayos nucleares norcoreanos de 2006 y 2009 demostraron que Pyongyang realmente nunca había abandonado el trabajo en su programa nuclear, al igual que con sus misiles balísticos, como el Taepodong-2, capaz de alcanzar Alaska. Un escenario que aisló aún más al régimen de Kim Jong-Il, también conocido como el Amado Líder.

La muerte de Kim en 2011, tras sufrir un infarto abordo de su tren blindado, fue vista por Occidente como la posibilidad de que el país diera un giro a su política y economía. Así, la llegada de su hijo Kim Jong-Un al poder generó grandes expectativas.

A poco andar, el joven gobernante —educado en Suiza y capaz de hablar inglés y alemán— dio indicios de que las esperanzas de cambio eran vanas. Concretó una tercera prueba nuclear en 2013, aumentó la tensión con Corea del Sur y Japón, y continuó destinando gran parte del presupuesto nacional al sector de Defensa.

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La historia del nieto

El fundador, el protector y el reformista en potencia: las tres generaciones de la dinastía Kim han moldeado Corea del Norte con la misma mano de hierro, pero respondiendo a los desafíos de sus eras.

Además, inició una serie de purgas dentro del oficialismo, que incluso causaron que su tío Jang Song-Thaek —quien lo asesoró durante los primeros años en el poder y quien era muy cercano a China— fuera destituido y ejecutado bajo cargos de traición.

Corea del Norte tiene el cuarto ejército más grande del mundo —luego de China, EE.UU. y Rusia— con 690 mil efectivos, aunque es sabido que sus fuerzas militares están seriamente atrasadas y no son rival para ninguna potencia. En parte, eso explica la obsesión de la dinastía Kim por convertirse en un actor nuclear que fuese tomado en serio y que demostrara su fuerza al mundo. Con esta estrategia, Kim terminó por validarse ante sus Fuerzas Armadas, ante el oficialista Partido de los Trabajadores de Corea y la comunidad internacional.

La moneda de cambio nuclear

En enero de 2016, el joven Kim pisó el acelerador y realizó un cuarto ensayo nuclear, que el régimen norcoreano aseguró había sido la detonación de una bomba de hidrógeno, aunque expertos internacionales posteriormente cuestionaron esa versión.

La situación se agravó aún más en febrero de ese mismo año, cuando Pyongyang decidió lanzar un proyectil de largo alcance para —supuestamente— poner en órbita el satélite Kwangmyongsong-4. Sin embargo, la comunidad internacional aseguró que en realidad se había tratado de una prueba destinada a comprobar la capacidad norcoreana de equipar proyectiles intercontinentales con ojivas nucleares.

Un escenario particularmente preocupante para Washington, ya que el proyectil utilizado en ese lanzamiento habría sido una versión perfeccionada del Unha-3, un cohete capaz de llegar hasta territorio estadounidense.

Frente a eso, la comunidad internacional decidió no quedarse de brazos cruzados y el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas impuso un nuevo conjunto de sanciones —las más duras de los últimos 20 años— sobre el país gobernado por Kim Jong-Un.

Respaldadas de manera unánime por los 15 miembros del Consejo —incluyendo a China, el más estrecho aliado que ha tenido Norcorea a lo largo de su historia—, las sanciones consideraron la inspección obligatoria de cualquier carga que entrara o saliera del país por mar o tierra, como una forma de evitar que Pyongyang intentara adquirir armas que le permitieran modernizar su atrasado arsenal convencional.

También contemplaban bloquear la venta de sus principales productos de exportación —titanio, oro, carbón y hierro, los que representan casi la mitad de los ingresos del país—, así como la importación de productos de lujo para el régimen de Kim y de combustible para aviación.

Finalmente, todos los miembros del Consejo acordaron congelar los bienes de las compañías vinculadas al programa nuclear de este país y cerrar todos los bancos norcoreanos que estuvieran operando en sus territorios en un plazo máximo de 90 días.

¿Cuál fue la respuesta del régimen de Kim Jong-Un? Lanzar seis misiles de corto alcance que tras recorrer entre 100 y 150 kilómetros, cayeron en aguas del Mar de Japón. Luego amenazó con ataques nucleares preventivos contra Seúl y Washington, en respuesta a los ejercicios militares que ambos países realizan anualmente. Por último, difundió una foto que mostraba a Kim junto a una supuesta bomba nuclear en miniatura.

“[Kim] no está loco: ha consolidado el control sobre ese país de una manera muy efectiva y despiadada”, dijo Jeffrey Lewis, un experto en política nuclear del Instituto de Estudios Internacionales Middlebury, en Monterey, California, a Business Insider. “Simplemente está dispuesto a hacer cosas terribles para protegerse, lo que creo que nos dice algo sobre la credibilidad de su amenaza nuclear”.

En septiembre del mismo año, Pyongyang anunció su quinta prueba nuclear. Y un año después, en septiembre de 2017, Corea del Norte afirmó haber realizado pruebas con éxito de una bomba nuclear miniaturizada, capaz de ser instalada en un misil de largo alcance.

“Las estimaciones del arsenal nuclear del país varían: algunos expertos creen que Pyongyang tiene entre 15 y 20 armas nucleares, mientras que la inteligencia estadounidense sostiene que el número es de entre 30 y 60 bombas”, afirma Eleanor Albert, analista del Council of Foreign Relations.

La pregunta evidente es si acaso Kim estaría dispuesto a entregar ese arsenal como parte de las negociaciones de la cumbre con Donald Trump. "En cuanto a que Corea del Norte renuncie a sus armas nucleares, dudo seriamente que eso suceda. Tal vez aceptarán inspecciones y límites en ese programa, pero dado que eso es lo que acordaron los iraníes, y que el presidente Trump se retiró del JCPOA [Plan de Acción Integral Conjunto], no sé por qué los norcoreanos confiarían en él para mantener un acuerdo con ellos", comenta a PAUTA.cl Christopher Preble, vicepresidente de Estudios para Defensa y Política Exterior del Instituto Cato, en Washington.

Para la dinastía de los Kim, el programa de misiles balísticos, junto con el desarrollo de armas nucleares, representan un verdadero “seguro de vida”. Una carta que los vuelve, en muchos aspectos, intocables. Y que, al mismo tiempo, les ha permitido llegar al momento que tanto han buscado: poder sentarse en la misma mesa con EE.UU. para negociar, no necesariamente su desarme unilateral, pero sí una eventual paz definitiva con Corea del Sury, sobre todo, las garantías de que su régimen no correrá la misma suerte de Saddam Hussein, en Irak; o de Muamar Gadafi en Libia. Dos ejemplos que, desde la perspectiva de Kim Jong-Un, demuestran que Occidente —y específicamente Estados Unidos— no siempre cumple con su promesa.

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