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2001: la película que inventó el futuro cumple 50 años

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POR Isabel Plant |

La cinta de Stanley Kubrick abrió la carrera y el imaginario del espacio para el séptimo arte. Sigue influyendo hoy.

Faltaba poco más de un año para que Neil Armstrong pisara la Luna, en ese pequeño paso para el hombre que cambió a la humanidad. En 1968, cuando la contracultura se tomaba la discusión masiva y nuevas corrientes políticas, artísticas y filosóficas daban una nueva forma a la manera de mirar el mundo, apareció 2001: Una odisea del espacio, la película de Stanley Kubrick. Fue casi un fracaso: la crítica y el público quedaron divididos en dos bandos. Estaban los que opinaban que esta grandilocuencia de monos, monolitos, computadoras que hablan y un viaje sicodélico que termina en un feto mirando la Tierra era una completa tomadura de pelo. Y estaban los que vieron en la cinta de Kubrick una alegoría de lo humano, y qué significa serlo, y una mirada casi profética de lo que podría pasar entre hombres y máquinas.

Cincuenta años después, incluso quienes consideran que 2001: una odisea del espacio es un soberano aburrimiento, sin diálogos y con música clásica, pueden estar de acuerdo en que la película es una de las más influyentes de la historia del cine. Nunca antes una película había explorado el espacio de manera realista -sólo en producciones de cine B con robots de papel metálico falso-, y Kubrick no sólo creó naves espaciales creíbles (con la ayuda de ingenieros de la NASA) y un futuro posible, sino que había imprimido en el género de la ciencia ficción temáticas fundamentales, como lo que diferencia a lo humano de lo mecánico y si hay alguien allá afuera. El guion, trabajado junto con el escritor Arthur C. Clarke, hablaba de vida inteligente extraterreste pero sólo sugiriéndola (decisión en la que ayudó el científico y divulgador Carl Sagan), lo cual transformaba a ratos a esta aventura espacial en una película de terror: siempre da más susto lo que no vemos. Todo lo que vino después, desde George Lucas y sus Star Wars, a Alien, a Christopher Nolan, han tomado a 2001 como su raíz. Es simplemente imposible obviarla como influencia, y pareciera seguir apareciendo en el cine -o hasta en Los Simpson-, transformada y homenajeada, una y otra vez.

Inteligencia Artificial

Han pasado cinco décadas del debut, pero 2001 se sigue viendo futurista. No deja de ser un logro.  Está, claro, la maestría cinematográfica: sin usar trucos digitales hoy tan omnipresentes, la película jugaba con la falta de gravedad en el espacio, a punta de tiros de cámara, sets giradores y mucha creatividad. En la simetría de los sets blancos de la nave espacial, Kubrick manejó la ilusión del espacio; hizo a sus personajes flotar, con nada más que la cámara en posiciones y movimientos clave. En 1968, no se había visto nada similar.

La historia comienza con simios prehistóricos, que al contacto con un monolito misterioso logran avanzar evolutivamente y usar huesos como herramientas; he ahí el primer paso para el ser humano, el usar un objeto como instrumento. Eso fue lo que nos separó de los leones y los jabalíes, y que en la película hace que los simios puedan comer carne y sobrevivir en el desierto. Entonces la historia salta al futuro, varios milenios, donde los hombres han aprendido a crear instrumentos de otro tipo: desde televisores a naves espaciales. El problema, instalarán Kubrick y Clarke, es que la inteligencia humana es capaz también de crear instrumentos que no maneja. Y su infinito espíritu de exploración y conquista lo pueden llevar a situaciones impensadas.

Lo anterior lleva a Hal 9000, la coestrella de la cinta, aunque sea sólo representado por una luz roja y una voz. Si en 2001 el protagonista central es el astronauta Dave Bowman (Keir Dullea), el villano –uno de los más fundamentales de la narrativa del silgo XX-, es Hal, cuya voz pertenecía al actor Douglas Rain. Bowman está en una misión espacial a Júpiter junto a otro astronauta y otros tres tripulantes en suspensión, sin saber realmente que el motivo del viaje es otro monolito misterioso de procedencia extraterrestre.

La dupla navegante, entregada a la conquista espacial, es acompañada por Hal, un computador inteligente. No tienen claro si es capaz de experimentar sentimientos o solo fingirlos para facilitar la interacción con humanos. No puede cometer errores. Pero la historia avanza, errores se cometen, y Hal se transforma de sirviente a líder, y luego a asesino, eliminando a quien había amenazado con desconectarlo. “Lo siento, Dave, pero me temo que no puedo hacer eso”, es una frase que pasará a la historia junto con “Here’s Johnny!”  (El resplandor) y otras pesadillas del horror: el invento que se niega a recibir la instrucción, en este caso, de abrir la escotilla y dejar entrar el cuerpo de un astronauta. ¿Es la Inteligencia Artificial algo de lo que tenemos que temer? Dave Bowman logra engañar a Hal y terminar por reiniciarlo; quizás no puede comprenderlo, pero el humano sigue un paso más arriba que su creación. Cincuenta años después, las Siri y las Alexa están a cargo de nuestras escotillas. 

Y por último está la parte final de exploración. Dave Bowman hace un escape en una pequeña nave que termina en un viaje por el tiempo y espacio y con muchos colores; un juego visual de Kubrick que ha sido repetido por cientos, de distintas formas y con distinto fin. Kubrick pareciera haber inventado la visualidad del viaje temporal. Dave termina en una habitación blanca, de decoración de estilo francés, donde envejecerá, y finalmente se convertirá nuevamente en feto, uno que mira a la Tierra desde lejos. El final es también el principio para el protagonista, y su larga odisea por el espacio, termina donde todo comienza. 

Tanto Kubrick como Clarke se negaron por años a dar una sola interpretación a su cinta, entusiasmados con el debate, y promoviendo la discusión entre la audiencia. Hasta hoy, en aulas universitarias, en ensayos literarios y en las casas de espectadores, quizás con un trago en mano, se sigue discutiendo a 2001: una odisea del espacio, sus temas y significancias. Eso es arte.