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El nieto que rapea en quechua

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Ninoska Montufar
POR Rafaela Lahore |

El peruano Liberato Kani usa el idioma de sus antepasados para hacer su música. Ya prepara su segundo disco.

—He traído mi polo rapero… —dice Liberato Kani sobre el escenario del Centro Cultural Estación Mapocho— Directamente del Bronx… del Bronx cholo —remata, mientras se pone un poncho verde.

Son las siete de la tarde de un domingo de octubre, cuando el rapero de 25 años, oriundo de Lima, se para por primera vez frente al público chileno. Cerca de 50 personas mueven la cabeza desde sus asientos, escuchando la consigna que Liberato Kani repite sobre una base electrónica: “¡El quechua es resistencia!”.

Ricardo Flores, conocido como Liberato Kani —que podrían traducirse como “soy un hombre libre”—, ha llamado la atención dentro y fuera de Perú: se ha apropiado de una lengua ancestral, la lengua de los incas, y le ha dado el ritmo del rap.

Esta noche, invitado por la Feria Internacional del Libro de Santiago, no ha venido solo. En la mitad de la actuación, anuncia la entrada de un danzante de las tijeras, un hombre de traje blanco, con bordados dorados y plateados, medias coloridas y un par de tijeras en sus manos. Apenas se distingue su cara debajo de las tiras de colores de su sombrero, pero no importa, porque la atención del público está en sus piernas y sus manos, que se mueven frenéticos al compás de las tijeras y de los sonidos del arpa y el violín. Las vueltas, saltos y acrobacias de esta danza indígena llevaron a los sacerdotes de la época de la colonia a repetir un rumor que se ha mantenido hasta hoy: que estos hombres han hecho un pacto con el diablo.

El danzante blanco se anima, también, a bailar una de las canciones del rapero. Cuando se va, acompañado de los aplausos del público, continúa la música de las ponzoñas, del charango y la guitarra eléctrica. Al costado, el DJ hace mezclas en su computador. Durante el concierto, Liberato Kani cantará de poncho frente al brillo de la manzanita de una MacBook Air.

El idioma de los gestos

La muerte de su madre le significó a Ricardo Flores viajar lejos de su casa. Con nueve años, recorrió 800 kilómetros hasta llegar a Umamarca, un pueblo de la región de Apurímac, en las sierras del sur de Perú, donde vivía su abuela. Allí el niño de Lima, “el limeñito”, como lo empezaron a llamar por entonces, se transformó en otro: comenzó a trabajar en los maizales, en las chacras, a pastear durante los fines de semana el ganado de su abuela. Durante los tres años que vivió allí usó poncho, ojotas y sombreros, y aprendió las fábulas y las canciones de Umamarca.

El quechua, sin que se diera cuenta, empezó a convertirse en algo natural. Después de todo, era el idioma del pueblo y, sobre todo, de su abuela. Ella, que hablaba poco español, solía acompañar las palabras quechuas con gestos de las manos. Así “el limeñito” empezó a entender lo que le decía: ven, come, levántate. De a poco, empezó a aprender un idioma de tres millones de peruanos, que, a través de onomatopeyas, imita los sonidos de la naturaleza: el piar de los pájaros, el ruido de la lluvia y de los truenos.

A los 12 años volvió a Lima y tuvo que reconvertirse de nuevo. Entre sus compañeros de la capital, el quechua no era ni bien visto ni necesario. Así que calló. Cuenta que solo lo siguió hablando a solas con su padre. Poco después, entre sus compañeros de colegio, descubrió el beatbox. A los 18 años, ya fascinado por el hip hop, participó de Quinta Rima, un grupo de rap que en 2013 editó su primer disco, completamente en español.

Liberato Kani junto a un danzante de tijeras. Crédito: 27 Studio.

Un día, uno de sus compañeros le propuso que hiciera un coro en quechua. Liberato Kani improvisó algunos versos sobre Umamarca, sobre sus caminatas al cerro con su perro, sobre la experiencia de pastar el ganado. Más tarde el grupo se separó, pero él siguió cantando en quechua en plazuelas, alamedas y ferias pequeñas, así también como en el Gran Teatro Nacional, el teatro más importante de Perú. En 2016 editó su primer disco, Rimay Pueblo y ahora, mientras prepara el segundo, tiene un objetivo: difundir lo más posible el rap en el idioma de su abuela.

—¿Por qué mantienes la convicción de rapear en quechua?

“La gente escucha música en inglés y no entiende, y aún así le gusta. ¿Por qué no invadir con música en quechua? El arte lleva los idiomas a lugares adonde no te imaginas. Cuando las personas escuchan música en otros idiomas, aunque no entiendan, tratan de sentir el significado de esa letra y hasta sienten interés de aprender el idioma. Si hago buena música en quechua, aunque no la entiendan, la traducción se va a sentir poco a poco”.

—¿Te preocupa que tu música se reduzca simplemente a algo pintoresco?

“Para eso me estoy preocupando de la producción musical, de sacar un producto de nivel, con calidad de sonidos, de mezcla, de letras. En fin, lograr que mi estilo sea reconocido por el público, así ya no voy a ser un show o una sorpresa. No van a decir ‘oye, mira, un pata que habla un idioma raro’, sino ‘eso suena bien, ¿qué idioma es?’. Ya he escuchado esos comentarios y es un halago”.

—¿Has sentido los prejuicios que rodean a este idioma?

“Mostrar tu idioma en este ritmo contemporáneo ayuda a que la gente se quite de la cabeza la imagen de un quechuahablante con quena, poncho, sombrero, en fotografías en grises y matices de profundidad y dolor. Hollywood, Discovery Channel, Natgeo son los que hacen esas cosas. Haciendo buena música la gente no va a tomar el quechua como si fuera solo de campo, sino de cualquier espacio, de todos y para todos”.

—¿Crees que, en ese sentido, tu música ayuda a revitalizarlo?

“Lamentablemente el quechua se ha congelado en el tiempo, se hablaba muy ocultamente. Hubo una discriminación tremenda. El sistema educativo alejó el quechua de la currícula. Eso perjudicó bastante, porque las madres decían a sus hijos: “Habla bien el castellano o no vas a tener oportunidades en la vida”. Nadie quería hablar quechua. Desde mi punto de vista, el quechua y sus sonidos tienen que adaptarse al siglo XXI. No podemos ser muy puristas, recontra autoctonistas. Falta hacer música fusión con nuestras melodías ancestrales de Perú. Si de esta manera nuestros idiomas originarios llegan a más personas, hay que darle con todo”.