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Letras muertas: los testamentos más polémicos de la literatura

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Agencia Uno
POR Isabel Plant |

La pelea entre los herederos de Nicanor Parra por su herencia no es extraña en el mundo de los libros: antes, el patrimonio y legado desde Benedetti a Bolaño han sido motivo de lucha.

Faltaba un día para que Nicanor Parra cumpliera 103, cuando se subió a un auto con sus familiares y viajó desde su casa en Las Cruces hasta una notaría en San Antonio. Ahí el antipoeta, uno de los grandes revolucionarios de la lírica del siglo XX, legalizó su testamento. Casi cinco meses después, Nicanor Parra murió.

Entonces comenzó la lucha: Nicanor Parra tuvo seis hijos de tres mujeres distintas. En su testamento estipulaba que una de ellas, Colombina, es la “única heredera de mi cuarta de mejoras y la cuarta de libre disposición”. En Chile, el cincuenta por ciento de una herencia va por ley a todos los hijos del fallecido y el resto puede repartirse en estas otras figuras. Hoy, sus hijos mayores Catalina y Alberto Parra, se encuentran en una disputa legal con su hermana Colombina, la gran beneficiaria, pidiendo a través de una demanda la impugnación del testamento, argumentando que el artista centenario no estaba en un estado de lucidez al firmar este testamento. Colombina Parra ha explicado que su padre hizo esto para que ella cree una fundación en su nombre, y así su obra quede reunida y a disposición del mundo, y se niega a tildar de “loco” a su padre en sus últimos días.

Esta pelea judicial no es inédita en el mundo de la literatura. Antes de que el gran señor de la antipoesía dejara a sus hijos enfrentados, el legado de los artistas ha sido material de guerra.

Las defensoras fieras

Dos mujeres de escritores han sido la obsesión del mundo literario contemporáneo por ser las herederas legales de obras fundamentales: Carolina López, viuda de Roberto Bolaño, y María Kodama, viuda de Jorge Luis Borges. Cada una por razones diferentes, se ha transformado en una figura polémica.

Jorge Luis Borges

En el caso de Borges hay un rasgo común con el caso Parra: el escritor argentino cambió su testamento sólo meses antes de morir. Si en 1979 había dejado la mitad de sus bienes a una estrecha colaboradora de la familia y la otra mitad a María Kodama, en 1985 reescribió el documento dejando a su joven pareja como su heredera universal, incluyendo sus derechos de autor.

Kodama, claro, era una figura interesante para los seguidores de Borges: hija de alemana y japonés, había comenzado a visitar al autor de El Aleph siendo una jovencita. Tras el divorcio de Borges de su primera mujer, Kodama se transformó en una especie de compañera de letras y de vida; ya en 1975 viajaban por el mundo juntos a ferias literarias, homenajes y encuentros. Ella tenía 38, él tenía 86. Se casaron en 1986, tres meses antes de que el argentino muriera. Y dos años después, ella inauguraba la Fundación Internacional Jorge Luis Borges.

Kodama ha demandado a varios biógrafos de Borges, se ha peleado con periodistas, ha atacado a editores. Bloqueó la reedición de obras de Borges tras conflictos con el editor Jean Pierre Bernés, a quien llevó a la justicia. Se enfrentó a Bioy Casares, amigo cercano de Borges a quien ella llamó un Salieri. También fue mediático el caso de El Aleph engordado, un libro de 200 ejemplares publicado por el autor Pablo Katchadjian, una especie de ejercicio literario que agregaba material al clásico de Borges; Kodama lo llevó a tribunales alegando plagio. Con un sinfín de detractores, Kodama ya tiene 81 años y sigue viajando por el mundo, dando charlas y dictando cátedras de su célebre marido.

Roberto Bolaño

La otra albacea célebre es Carolina López, mujer y madre de dos hijos de Roberto Bolaño. Se ha caracterizado por cultivar un bajo perfil, incluso cuando el nombre del autor de 2666 se transformó en uno de los más importantes de la literatura contemporánea mundial. De pocas entrevistas y apariciones esquivas, ha hecho noticia por la publicación que ha liderado de obras inéditas del escritor, pero por sobre todo, por querer borrar de la historia oficial del chileno a Carmen Pérez de Vega. Esta última mantuvo una relación con el escritor durante sus últimos años, y fue de hecho quien lo llevó al hospital cuando Bolaño colapsó de salud, antes de su muerte en 2003.

Bolaño tenía 50 años y legalmente Carolina López seguía siendo su mujer. Esta quedó con los derechos de la obra del autor y comenzó a trabajar de manera cercana con dos colaboradores de Bolaño en vida, Jorge Herralde, el líder de la editorial Anagrama, e Ignacio Echevarría, amigo íntimo del fallecido. Aunque este equipo fue el que sacó adelante libros inéditos, como El Tercer Reich y una compilación de cuentos, la amistad se quebró, y hoy Carolina López trabaja con la editorial Alfaguara. Una de las dos veces que ha hablado en público en quince años, a través de una columna en el país, fue para terminar con las voces que la atacaban por enemistarse con los amigos literarios de Bolaño. La viuda explicó que su relación de negocios con Anagrama no era beneficiosa para la familia de Bolaño.

Pero Herralde y Echavarría dicen que este quiebre nada tiene que ver con literatura, sino que es porque ellos mantuvieron una relación amistosa, o por lo menos reconocieron la existencia, de Carmen Pérez de Vega. Bastó que Pérez de Vega aceptara una invitación a Chile para hablar de Bolaño a diez años de su muerte, para que se desatara el caos; Carolina López demandó a El Mercurio y La Tercera, ya que ningún medio, dicen sus abogados, puede nombrar a Pérez de Vega como la “última mujer” del escritor. Biógrafos de Bolaño que la han incluido en sus escritos también han sido demandados. Carolina López administra las casi 15 mil páginas de escritos que dejó el chileno al momento de su muerte a través del Archivo Bolaño, con sede en Blanes; su último libro publicado póstumamente fue Sepulcro de Vaqueros en 2017.

Quién es el dueño

En otras ocasiones, es la familia la que se enfrenta por los derechos de un autor, en disputas públicas y mediáticas. Cuando murió Mario Benedetti, en 2009, dejó todos sus derechos y herencia a una fundación, que debía llevar su nombre y con sede en su departamento de Montevideo. Pero el hermano del escritor uruguayo, Raúl Benedetti, inmediatamente levantó la voz: “A mí, que se lo hicieron firmar”, dijo entonces. El testamento final de Benedetti, que designaba a un albacea, y a la escritora Sylvia Lago como presidenta de la Fundación, había sido cambiado un año antes de la muerte del escritor, a los 88 años. Raúl Benedetti recibía también una pensión asignada por el testamento, pero él además quería presidir la Fundación, que es la que administra la obra del autor. La justicia no le dio la razón.

Mario Benedetti

En el caso de Stieg Larsson, la lucha la dio el hermano y padre del escritor sueco, contra la que fue su mujer por 32 años, Eva Gabrielsson. El periodista sueco murió en 2004, antes de ver publicada su trilogía Millenium, la que se convirtió en best seller mundial, además de material para películas. Y sin hacer un testamento. Por lo que la fortuna que han generado sus creaciones, se fue legalmente a su padre y hermano, Erland y Joakim Larsson.    

Fueron cinco años de enfrentamientos y declaraciones cruzadas entre los familiares directos y la compañera del escritor; los Larsson le ofrecieron eventualmente a Gabrielsson dos millones de euros, más un tercio de los derechos de autor que genera Millenium en papel y en el cine, pero ella se negó. La sueca ha explicado que su interés, como pareja de toda la vida de Larsson, era liderar la administración de la obra por sí sola. Hoy Joakim y Erland han empujado y autorizado la publicación de dos otras novelas de la saga Millenium, escritas por David Lagercrantz, elección que Gabrielsson ha repudiado.

Stieg Larsson

Y el testamento que ha dado de qué hablar mediáticamente en el último año es el de Harper Lee, la autora de Matar a un ruiseñor. La escritora de Alabama adquirió fama mundial con su novela de 1960, y nunca más publicó otro libro, mientras vivía muy celosa de su privacidad. Esto hasta 2015, cuando Lee publicó Ve y pone un centinela. Un año después murió, aunque alcanzó a dejar un testamento ocho días antes de su muerte.

El documento -que fue abierto públicamente por un juez a partir de una petición de The New York Times- sigue dejando como privada la información sobre los bienes y la herencia, incluyendo posibles libros inéditos o documentos personales de gran valor. Sus sobrinos, ya que Lee no tuvo hijos, recibirán una herencia no especificada. Las dudas en este caso rodean a la abogada de Lee, Tonja Carter, quien quedó a cargo del fondo fiduciario que establece el testamento, y quien maneja las obras intelectuales de la escritora. En el mundo de la literatura, se le atribuye al control de Carter sobre Lee la publicación del segundo libro, publicado décadas después del primero y con la escritora de avanzada edad.

Abogados, padres, hermanos y viudas: la lista de conflictos con herencias, albaceas y más sigue, con Bioy Casares y hasta Kafka. Pareciera que una sola cosa es cierta: que a los escritores la muerte mejor los pille con testamento hecho. Aunque, a veces, eso tampoco simplifica nada.