La acera de los tontos

El Frente Estrecho

En el análisis político de esta semana, John Müller cuestiona los pilares institucionales del Frente Amplio. "La crisis también expone lo muy a la intemperie que está Revolución Democrática, la fuerza principal del FA", dice.

Por John Müller

Lunes 7 de diciembre de 2020

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Pocas verdades sacrosantas quedan en el Chile de hoy. Ni el poder presidencial, ni la intangibilidad de las pensiones, ni las materias reservadas del Ejecutivo, ni el "Orden y Patria" de Carabineros, ni la unidad de la derecha, ni la de la izquierda, ni la influencia de los partidos, ni la amplitud del Frente Amplio… Todo eso está en revisión permanente, de manera abierta desde octubre de 2019.

Jean Monnet, uno de los padres de la Unión Europea, afirmó aquello de que "los hombres pasan, pero las instituciones quedan; nada se puede hacer sin las personas, pero nada subsiste sin instituciones".

Y el Chile de hoy es hijo de sus instituciones. Sin la reforma procesal penal y la entrada en el juego público de los fiscales, el prestigio de la política chilena se hubiera mantenido, probablemente, casi incólume. Sin la agenda anticorrupción, Eduardo Engel no hubiese podido promover sus ideas sobre la reforma de la financiación de los partidos. Si no se hubiese interpretado que para evitar el descrédito de los políticos había que mejorar la representatividad del Congreso, nunca se hubiese llegado a la fragmentación que exhibe hoy en el Poder Legislativo y a la falta de herramientas para la gobernabilidad.

En algún momento, estas reformas han hecho que en Chile sea más fácil montar mayorías contra algo o alguien, que a favor de políticas y reformas bien pensadas. La única manera de conseguir una mayoría a favor de algo es proponer una medida tan populista y desatinada como las dos retiradas del 10% del ahorro para las pensiones que los expertos -chilenos y extranjeros- han desaconsejado.

Resulta paradójico que el Frente Amplio (FA), que ha sido una fuerza central en este proceso para desordenar la política chilena -básicamente gracias a su enorme capacidad para sacar a relucir los complejos de la centroizquierda más que por su número de escaños-, se enfrente ahora a una crisis de su propio orden interno. Es el cazador cazado.

La renuncia de los diputados Pablo Vidal y Natalia Castillo ha permitido visualizar dos tendencias: la de los que están molestos con el encastillamiento en la izquierda radical, que al final conspira contra la posibilidad de desarrollar una cierta hegemonía que permita ganar la presidencial, y los que están felices en el caldo identitario donde el cucharón lo mueve el PC. Cualquier similitud entre el debate que se planteó en el Podemos español entre Íñigo Errejón, partidario del "mestizaje" con otras fuerzas políticas para lograr la hegemonía, y el centralismo autoritario de Pablo Iglesias que no en vano fue militante de las Juventudes Comunistas durante ocho años, es mera coincidencia. El debate del Frente en Chile no tiene la profundidad intelectual que tuvo el de Podemos.

La crisis también expone lo muy a la intemperie que está Revolución Democrática, la fuerza principal del FA, y el mismo FA. A finales de 2017 la principal tarea pendiente era su institucionalización. La flojera juvenil o la falta de visión política lo impidió. Y desde octubre de 2019, el grupo no ha hecho otra cosa que mermar con las salidas del Partido Pirata, el Humanista, los Ecologistas, el Partido Igualdad y ahora el Partido Liberal.

Llama poderosamente la atención la ausencia de Giorgio Jackson, padre de Revolución Democrática en los últimos acontecimientos. En la semana que se destapa la crisis, con dos diputados muy próximos a él, Jackson anuncia que se marchará del país por dos años a estudiar en el extranjero.

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