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El hombre que clasificaba

De niño, el ecólogo Fabián Jaksic, ganador del Premio Nacional de Ciencias, se dedicaba a clasificar insectos, monedas y estampillas. Ahora clasifica otra cosa: las especies de Chile, según la función que cumplen en la naturaleza.

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Por Rafaela Lahore

Sábado 20 de octubre de 2018

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A los ocho años, con el dinero que ganó vendiendo huevos puerta a puerta, Fabián Jaksic se compró su primer libro de zoología. Vivía en los límites de Punta Arenas, cerca del campo, junto a su madre, secretaria de la Empresa Nacional del Petróleo (ENAP), su padre, ya jubilado, y su hermano menor. Por ese entonces, disfrutaba de hojear enciclopedias ilustradas: le intrigaba conocer los animales, cómo eran, dónde vivían, cómo se alimentaban. A mediados del siglo pasado, un mundo sin televisión era un mundo que había que descubrir afuera, y fue en los campos helados del sur donde Jaksic vio por primera vez a las hormigas comerse el cuerpo de un escarabajo, a las aves construir sus nidos, a los hombres esquilar una oveja.

Es la mañana de un martes de octubre y Fabián Jaksic, de 66 años, está en su oficina en la Universidad Católica, donde es profesor del Departamento de Ecología. Sentado frente a su escritorio —vestido de gris, con lentes de marco negro y una barba blanca y espesa— recuerda que de niño le fascinaba clasificar insectos, estampillas, rocas, monedas. En el pasillo de enfrente, hay una cartulina en la pared que dice en letras grandes: “¡Felicitaciones por el Premio Nacional!”. Los saludos aún sobreviven, un mes y medio después de haber ganado el Premio Nacional de Ciencias que, por primera vez en la historia, ha sido para un ecólogo.

Lo recibió, fundamentalmente, por ser un pionero en el estudio las comunidades ecológicas chilenas, es decir, las relaciones que existen entre las poblaciones que viven en un mismo sitio. Durante décadas, ha analizado cómo las especies se comen unas a otras, cómo compiten o colaboran, cómo se transmiten enfermedades, y con esos datos ha ido armando mapas de interacciones de distintas zonas del país. Con esos esquemas busca explicar cómo funciona la naturaleza en cada lugar.

—Si uno no conoce lo que tiene, no puede apreciarlo —dice—. Por eso, la primera bajada de las investigaciones es casi cultural: cuál es el patrimonio ecológico de Chile y qué hacemos si queremos que esté disponible para que las generaciones futuras lo puedan apreciar.

Cuando tenía trece años, su familia abandonó los campos magallánicos para venirse a la capital. Su padre arrendó una parcela de 10 hectáreas en Puente Alto, donde plantó árboles frutales, trigo, maíz, sandías. Cuando Jaksic tuvo que decidir qué estudiar, pensó en los animales, en el campo, y eligió medicina veterinaria, aunque dos años después decidió cambiarse a la Licenciatura en Biología, ya que allí, le habían dicho, podía “hacer ciencia”. Ese fue el primer paso de una larga carrera que lo llevó a ser el actual director del Centro de Ecología Aplicada y Sustentabilidad, que reune cerca de 120 ecólogos chilenos que estudian temas ambientales. A ser, también, el único ecólogo sudamericano reconocido como Senior Ecologist por la Sociedad Ecológica Norteamericana. A escribir más de doscientos papers y una decena de libros.

Ahora Jaksic se levanta de su escritorio y va hasta la biblioteca de su oficina, que ocupa una pared completa. Sus libros, la mayoría en inglés, hablan sobre pájaros, sobre animales salvajes y mamíferos de América. Hojea algunos de los que ha escrito él mismo: Los carnívoros de Chile, Ecología de comunidades, Invasiones biológicas en Chile.

—Clasifico las especies por la función que cumplen dentro de la comunidad —dice con voz pausada, suave—. Lo que trato de entender es para qué sirve la biodiversidad o, dicho de otra manera, qué papel funcional cumplen las especies en los ecosistemas.

Fabián Jaksic en su oficina de la Universidad Católica. Crédito: PAUTA.cl

A mediados de la década de los setenta, como parte de su práctica para obtener su título de biólogo, volvió a Punta Arenas a trabajar en la ENAP. Allí también se dedicó a clasificar. En ese caso, ostracodos, pequeños microorganismos que anuncian la vecindad de un yacimiento de petróleo. Cuando unos años después viajó a California para estudiar un doctorado en Zoología, descubrió un mundo diferente: una ciudad limpia, donde la gente reciclaba, cuidaba el agua, hacían compost en sus casas. Entendió cómo era vivir en una ciudad ecológica.

—Chile es un ejemplo en Latinoamérica —dice, optimista—. Tenemos una tremenda protección territorial de ecosistemas. Nos hemos adelantado a la región. En general, la legislación es buena, lo que no evita que nos pasen golazos espantosos, como la Ley de Pesca o la Ley de Bosques, que aún permite el remplazo de la vegetación nativa por la plantación de pino y eucaliptus.

Sin embargo, y pese a la buena legislación, el problema en Chile, explica, es lograr que se cumpla la reglamentación con un Estado que tiene capacidad limitada para fiscalizar. A veces, más allá de la fascinación que le produce la naturaleza, piensa en la degradación de los ecosistemas, en la posibilidad de que las generaciones futuras no puedan ser testigos de ellos.

Explica, entonces, su visión del planeta Tierra. Dice que suscribe a la hipótesis Gaia que en 1969 postuló el químico británico James Lovelock y la bióloga estadounidense Lynn Margulis y que durante esa época fue tachada de teológica por gran parte de la comunidad científica. Según esta hipótesis, la Tierra es un organismo que se autoregula, que controla su temperatura, sus composiciones atmosféricas, la salinidad de sus océanos para asegurar su supervivencia. La Tierra, sabe Jakisc, es un ecosistema en sí mismo, que lucha por mantener la vida andando, y su especie más invasiva, más molesta, somos nosotros: los seres humanos.

El ecólogo, que acaba de recibir el mayor reconocimiento en Chile, habla sentado a su escritorio, rodeado de las fotografías que resumen su vida científica. Aparece en congresos, con otros ecólogos, con la misma barba espesa que ahora. A su costado, muy ordenados, están sus objetos cotidianos: una medalla de la universidad, un facón, decenas de clips en distintos portalápices, clasificados cuidadosamente según su tamaño.

—La fe es un don que no he recibido —dice despacio, cuidando las palabras—. No creo en un ser superior, pero lo que me ha dado la ecología, y me da vergüenza decirlo, es un acercamiento casi místico a la capacidad de nuestro planeta de resistir enormes perturbaciones y mantenerse vivo.

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