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El rock inmortal de Anthony Bourdain

El rockstar de la gastronomía nos enseñó el placer de descubrir lo lejano, y de abrir la cabeza a través de la lengua.

Anthony Bourdain

Por Isabel Plant

Viernes 8 de junio de 2018

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Todo empezó con una ostra, consumida en medio del mar en Francia. Anthony Bourdain era aún un niño, y peor, un niño estadounidense, que junto a su hermano arrastraba los pies por los pueblos de Francia donde sus padres los habían llevado de vacaciones. El niño Tony iba a los restaurantes y pedía papas fritas con ketchup. No entendía la peregrinación de sus progenitores a ciertos restaurantes, donde los niños tuvieron que esperar en el auto por mal comportamiento. Pero en una playa, en La Teste-sur-mer, alojando donde sus tíos, todo cambió. Los Bourdain fueron invitados al alba a subirse a un barco con un pescador. El joven Tony Bourdain se zampó una baguete y agregó que seguía con hambre. El pescador le ofreció una ostra, la primera de su vida.

Cuenta Bourdain en su primer libro, el superventas Confesiones de un chef (2000): “Sabía a agua de mar… a salmuera… a carne… y, de alguna manera, a futuro. Ya todo fue diferente. Todo. No sólo sobreviví. Disfruté. Supe que aquello era la magia hasta entonces apenas vislumbrada entre las tinieblas, de la cual sólo era consciente a medias. Lo hice por retorcido. Había tenido una aventura y todas cuantas la siguieron en la vida -la comida, la larga y muchas veces estúpida búsqueda de la próxima experiencia, drogas, sexo o cualquier sensación nueva-, todas han sido fruto de aquel momento”.

Bourdain se dedicó desde entonces a volver a vivir esa primera inyección de adrenalina que entrega el saborear algo distinto, nuevo y delicioso. Al placer de la comida y de la cocina. Se había convertido en quizás el mejor embajador de justamente eso: lo nuevo, lo distinto, lo lejano, lo rico, lo sabroso, todo lo que representa la cultura gastronómica en cada país, una identidad que a veces es la mejor entrada a un territorio, el punto de unión con otros y quizás la mejor manera que tenemos de entendernos. “El cuerpo no es un templo, es un parque de diversión. Disfruta el viaje”, dijo Bourdain, un tipo siempre en contra de las modas ridículas en los platos, de la pose falsa en cocineros celebridades y de las tendencias de vida sana y quínoa que hoy parecieran conquistar paladares.

Es porque venía de vuelta: se hizo famoso pasados los 40 años. Antes se dedicó a ser un cocinero más, pasando de los puestos menos glamorosos detrás de los fuegos hasta encargarse del Brasserie Les Halles en Manhattan. Trabajaba ahí cuando escribió un artículo para The New York Times, sin que nadie se lo pidiera, sobre lo que realmente pasa en las cocinas de restaurantes. Fue publicado y el resto es historia: Bourdain se hizo famoso por sincerar la cultura de drogas y palabrotas a las que hay que sobrevivir para dedicarse a la cocina profesional, y nos enseñó que no hay que pedir sushi los lunes. Destapó los vicios, la locura y los calores de los que manejan la sartén.

Luego saltó a la TV, donde se transformó en un ícono de la cultura culinaria. Esto era cuando recién comenzaban a aparecer los celebrity chefs, cuando MasterChef no existía y la pantalla chica no estaba sobrepoblada de viajeros probando ollas lejanas. Bourdain partió con No reservations en el Travel Channel y siguió con Parts Unknown en CNN-el que grababa en París cuando fue encontrado muerto este viernes, tras suicidarse a los 61 años-. Ambos eran parecidos: un viaje a lugares lejanos donde Bourdain no sólo probaba la cocina sino que también mostraba culturas, siempre con humor, siempre un poco descreído, siempre como rockstar. Bourdain, como probó en los libros que escribió, era un narrador privilegiado, contaba historias a través de cada paisaje y cada plato, y quizás lo que más amaba el mundo de él, era que siempre era sincero. Si iba a Islandia y probaba el famoso tiburón fermentado decía que era vomitivo, y si visitaba Chile, decía que prefería la cerveza al pisco sour y que los completos son una locura y necesitan de mejores servilletas. Era un sobreviviente, de las drogas, del alcohol, de malas noches y pésimas mañanas, y ya no le iban con tonterías.

En el último año fue uno de los más fieros defensores del movimiento #MeToo, ya que su novia Asia Argento es una de las denunciantes de Harvey Weinstein. Esto no sólo le significó respaldar cada acusación, sino que cuando estas incluyeron a su amigo cocinero estrella Mario Batali, plegarse aún más con la causa. Anthony Bourdain se había equivocado bastante en su vida, pero ahora estaba dedicado, siempre, a las verdades.

Hoy miles lloran su muerte; es quizás el responsable de que muchos hayan querido subirse a un avión, con una lista de picadas y restaurantes en la mano. El placer de descubrir lo lejano y de abrir la cabeza a través de la lengua. Un rockstar siempre imitado, jamás igualado.

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