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Carta de Cristián Warnken a las élites de Chile

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POR Equipo Radio Pauta |

“Estoy seguro de que la crisis profunda que vive el país, tiene que ver con una crisis ética, antesala de la crisis política”, dice Cristián Warnken.

Los hechos sorprendentes revelados por la Fiscalía en estos días (el saber de la promiscuidad de las comunicaciones entre uno de los más importantes abogados penalistas de la plaza y el ex director de la PDI) no sólo afectan la fe pública (sobre la que se sostiene todo o casi todo) sino que también minan aún más la confianza ya muy dañada desde hace tiempo y abren las puertas para que una sospecha radical se desate (“todos son corruptos, todos roban, todos mienten”, etc) y ponen a nuestra frágil democracia en una situación de extrema vulnerabilidad.

Estoy seguro de que la crisis profunda que vive el país, tiene que ver con una crisis ética, antesala de la crisis política. Recuerdo haber escrito -durante años- varias columnas, antes del “estallido” del 2019, sobre la crisis ética de nuestra élite. Y no lo hice desde el discurso resentido y simplista (“toda la élite es élite porque roba”), sino, justamente, porque creo que los países necesitan buenas élites para avanzar y crecer de verdad  (y no sólo económicamente). “Quizás romantizo -decía en una de mis columnas- pero me parece que nuestra élite del siglo XIX es mejor que esta (¿qué Andrés Bello, qué Portales, qué Lastarria tenemos hoy?)”.

Las respuestas burlonas y despectivas no tardaron en llegar. Me decían: “¿de qué crisis ética me está hablando?, ¡el país va como avión!” y “dedíquese mejor a la poesía”. No me dediqué exclusivamente a la poesía y el avión del país tuvo un bajón inesperado, casi una caída, casi peor que el de ese vuelo de una línea nacional, ocurrido hace poco.

Eso fue el “estallido social”. Los demonios atacan y destruyen el orden, no “porque caigan del cielo”, sino porque aprovechan la debilidad ética de sus adversarios, entran por esos flancos y arrasan con todo (pensemos en lo que le pasó al Zar de Rusia, a Batista en Cuba, etc…). Quien lo entendió mejor fue Lucy Oporto, quien en un lúcido ensayo sobre octubre del 2019, comienza su análisis con un epígrafe de Evarigio Póntico, uno de los más grandes escritores ascéticos del siglo IV, que dice: “Cuando en su lucha contra los monjes, los demonios se ven impotentes, retirándose un poco, observan qué virtud es descuidada durante ese tiempo e irrumpiendo súbitamente por ese flanco, saquean a la desdichada alma”.

En este caso, habría que decir al “desdichado Chile”. ¿Cuáles fueron las virtudes descuidadas en este caso? No es necesario recurrir a Aristóteles para saberlo: templanza, prudencia, justicia, probidad… todas estas fueron descuidadas. En algunos casos, habría que decir violadas… Los “demonios” del estallido(lumpen, saqueadores, primeras líneas, etc) usaron la “bronca” del pueblo chileno (antes creíamos que la bronca era solo de los argentinos) ante las colusiones, la relación política y dinero, etc para construir un relato refundacional que estuvo a punto de llevar al país al abismo. ¡Y una parte de esa élite que entonces se aterró, parece que no entendió nada! Tanto se han naturalizado prácticas nefastas, en el ejercicio de la abogacía y en el servicio público, que puras leyes de la transparencia no bastan, sino se cultiva la virtud desde la cuna, hasta hacerla algo connatural, sobre todo en las obligaciones y deberes de un funcionario público de alto rango.

Pero eso no se aprende ni corrige en cursos teóricos sobre ética, se transmite por ósmosis en las familias, las escuelas, la calle, con ejemplo, coherencia entre el discurso y la acción, y una rectitud no puramente decorativa. Mientras una parte de nuestra élite crea que la ética son solo bellas palabras o discursos moralizantes, el país seguirá empantanado o, lo que es peor, en caída libre. Y cuando digo élite no me refiero sólo a empresarios, políticos, abogados, jefes de policías, profesionales… la antigua élite.

También hablo de la nueva élite joven que nos prometió traer una escoba (como lo hiciera antes el General Ibáñez del Campo) para barrer con los corruptos de la “casta”. Esa nueva élite, con más rapidez que la anterior, ha aprendido a montar maquinarias turbias de poder y dinero (las fundaciones) y los hemos visto muy dispuestos y cómodos en las “cheese and wine”, donde uno creía sólo iba la antigua élite.

Ahora, ante la investigación de la Fiscalía, algunos de ellos -incluida una Ministra de alto rango- apuntan con el dedo a una supuesta “mafia de cuello y corbata”, como si ellos -por no usar corbata- no formaran parte de lo mismo, no vinieran de los mismos colegios y familias de procedencia y no repitieran- en versiones 2.0- las mismas malas prácticas. Como si entre los clientes del abogado Hermosilla no hubiese estado ni más ni menos que un asesor del Presidente de la República.

¡Y qué paradoja que  sea una Ministra del Partido Comunista la que apunte con el dedo, escandalizada, cuando su partido apoya dictaduras  en Latinoamérica absolutamente corruptas, donde el Poder Judicial está sometido  y las policías sirven no al país sino a los intereses personales de caudillos y dictadores!

Que nadie tire la primera piedra desde una supuesta superioridad moral que ya no existe; más bien, con humildad y autocrítica dejemos de mirar la paja en el ojo ajeno (el izquierdo o el derecho) y veamos la viga en el propio. Partiendo por quien escribe estas líneas (también miembro de nuestra élite).

Lo más doloroso de lo que ha sido develado es que hay cientos de policías de la PDI que son personas honestas, que arriesgan su vida en operativos para combatir el crimen y que no son hijos de la élite, la mayoría viene de abajo, del pueblo, y conocen lo que sufre el pueblo de Chile hoy por el flagelo de la inseguridad y el narcotráfico. Cuánta decepción y frustración deben sentir en estos días.

Me vino al recuerdo una escena de la novela “Papá Goriot” del novelista del siglo XIX, Honoré de Balzac. Vautrin, un evadido, convicto, que se esconde de la ley, le da “lecciones” a un joven ambicioso Rastignac, de cómo ascender en la vida. Le muestra el camino más fácil para lograr el éxito en una sociedad en que la corrupción abunda: no vale la pena perder el tiempo en leer libros, estudiar, hay caminos más fáciles para llegar a tener dinero y poder.

Rastignac se escandaliza, pero Vautrin -dice- “me ha enseñado más cosas sobre la virtud que la que me han dicho los hombres y los libros”. En la pensión donde ambos están (Rastignac y Vautrin), está el pobre Goriot que entrega a sus hijas todos lo que tiene para promover su ascenso social, y sólo recibe ingratitud a cambio y que contrasta con el descaro de Vautrin… “Y así es la vida-dice Vautrin-tal y como se la cuento. No es mejor que la cocina, apesta igual y hay que ensuciarse las manos al meterla en la masa, lo que hay que hacer es saber lavarse bien luego, esos son todos los principios morales de nuestro tiempo”.

Las frases del cínico Vautrin retumban en la conciencia de Rastignac: “La honradez no vale de nada, la corrupción abunda, el talento escasea. Por lo tanto la corrupción es una arma de la mediocridad, que abunda”. ¡Cuántos Vautrin abundan entre nosotros! Y, las élites (la nueva y la vieja) parecieran darle más razón a ese cínico que a Papá Goriot, que como tanta gente humilde y trabajadora de Chile, cree en la rectitud y la practica y la trata de enseñar a sus hijos, tentados hoy por las bandas criminales que les ofrecen una vida fácil, como la que pregona Vautrin.

Que estas sorprendentes revelaciones de la Fiscalía que estamos conociendo todos los días, nos den una lección y que los principios morales no se limiten a lavarse las manos antes de “meterlas en la masa”… La “hybris”, la desmesura (el sentirse sin límites para actuar), el viejo pecado que tanto preocupó a los griegos, debe ser erradicado, antes que otros “demonios” vuelvan a atacarnos. La paciencia de nuestros Papás y Mamás Goriot ha llegado otra vez al límite… Chile necesita con urgencia una mejor élite.

Los saluda, Cristián Warnken.