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Columna de John Müller: “Kate Middleton y la navaja de Occam”

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POR Andres Sepúlveda |

El filósofo medieval planteaba que la explicación más sencilla suele ser la correcta.

La princesa de Gales compareció el viernes a través de un vídeo para anunciar que está recibiendo una quimioterapia preventiva después de que se detectaran signos de cáncer en su organismo tras la cirugía abdominal que se le practicó en enero. El mensaje, austero, sencillo y preciso, pone fin a casi tres meses de especulaciones que iban creciendo en espectacularidad y falsedad con el paso de los días.

La solidaridad y simpatía que ha despertado la declaración de Middleton es una demostración palpable de que el principio de la navaja de Occam sigue siendo válido: a veces la explicación más sencilla es la correcta. Y por el contrario, es una prueba de que ha sido un gran error intentar promover el oscurantismo en los tiempos modernos.

No hay que olvidar que aunque la realeza adopte la forma de una familia, sus derechos a la privacidad e intimidad no tienen el mismo alcance que los de una familia común y corriente.

Sólo existe un motivo que podría justificar la tardanza en comunicar los hechos: la necesidad de informar de la manera adecuada a los tres hijos pequeños de los príncipes de Gales. Pero incluso así, este mensaje se podía haber transmitido antes, con muchos menos detalles, y cortando de raíz las especulaciones, rumores y teorías de la conspiración.

No hay que olvidar que esta locura comunicacional se agudizó con la fotografía manipulada que Middleton distribuyó el Día de la Madre y por la que tuvo que pedir disculpas.

La princesa de Gales y el rey Carlos III informaron de sus problemas de salud con apenas una hora de diferencia el mismo día, el 17 de enero pasado. El primer comunicado fue el de Middleton, cuatro párrafos elaborados por el palacio de Kensington. En él se decía que había sido ingresada en un hospital de Londres el martes 16 para una cirugía abdominal planificada y que se encontraba bien. No se dieron más detalles sobre la “información médica privada” de la princesa, pero se anunciaba una convalecencia hospitalaria de entre 10 y 14 días y un dilatado periodo de recuperación hasta después de la Semana Santa.

El segundo comunicado, el del rey Carlos III, tenía apenas un párrafo:  “Al igual que miles de hombres cada año, el Rey ha iniciado un tratamiento para una hiperplasia de próstata. El estado de Su Majestad es bueno y acudirá al hospital la próxima semana para un procedimiento correctivo. Los compromisos públicos del Rey se pospondrán durante un breve período de recuperación”.

En aquellos días se comentó que pese a sus cuatro párrafos, el comunicado de Kensington era un exceso de palabrería para decir muy poco, mientras que el de Carlos III era de pocas palabras, pero muy informativo.

El 5 de febrero, Buckingham difundía un nuevo texto donde se informaba de que el rey tenía cáncer, de que iniciaba un tratamiento que le impedía desarrollar sus tareas de cara al público, pero no seguir al frente de los asuntos de Estado, daba las gracias a todos y decía que informaba de los hechos para evitar rumores.

Mientras la comunicación del monarca tuvo continuidad, creando una historia lógica y hasta cierto punto cerrándola de cara al público, la de Kate no y hasta contó con un factor perturbador que fue la famosa fotografía retocada. La principal conclusión es que hoy no hay lugar para la falta de transparencia entre los poderosos.