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Columna de John Müller: “¿Quién puede ser periodista?”

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POR Trinidad Vera Castro |

La mentalidad del juego de ‘suma cero’ que se ha apoderado de Chile es el principal lastre de nuestra sociedad

En Venezuela no se podía trabajar en un periódico si no eras periodista titulado en el país. Por esta razón, cuando el gran periodista y novelista argentino Tomás Eloy Martínez, exiliado por la Junta Militar de su país, comenzó a trabajar en el Diario de Caracas -un periódico que revolucionó el panorama informativo en ese país a partir de 1979-, debía ocultarse en una buhardilla a la que le subían las crónicas. Ahí, semiescondido, el autor de La Novela de Perón o de Santa Evita, corregía, reescribía y despachaba el material informativo. Por esta razón, el Diario de Caracas fue el periódico mejor escrito que circuló en Venezuela en el siglo XX. Pero a Tomás Eloy nunca le reconocieron oficialmente que era el verdadero redactor jefe del diario porque era ilegal.

No se me ocurre un intelectual más cualificado en Chile para conversar con Felipe González y muchas otras personalidades del mundo que Carlos Peña. La reacción torpe e hiperbólica del Consejo Metropolitano del Colegio de Periodistas, quejándose por la entrevista al expresidente español que publicó en el diario El Mercurio, es un reflejo de esa mentalidad de ‘suma cero’ que se ha venido apoderando de Chile desde hace mucho tiempo. La idea básica es que si alguien gana algo es porque otro lo ha perdido. Una noción esencialmente política que se aleja del concepto económico de hacer más grande la torta. La resurrección de esta manera de pensar, impulsada desde la izquierda, es hoy el principal lastre de nuestra sociedad.

Lo que viene a decir el Colegio de Periodistas, sin fundamento legal alguno, es que en los medios de comunicación sólo pueden elaborar sus contenidos los que tengan título de periodistas. En los medios no sólo hay contenidos periodísticos, pero además hay una estrecha coexistencia entre intelectuales, con distintas cualificaciones profesionales, y periodistas que necesita arbitrarse con un criterio amplio y flexible. Carlos Peña no tiene título de periodista, pero qué duda cabe que es el escritor de periódicos más influyente del país.

Pensar que el periodismo es el coto privado de caza de personas con un carnet profesional determinado calza perfectamente con la concepción totalitaria que existía en la Italia de Mussolini o en la España de Franco… y en la del Colegio de Periodistas de Chile. Por eso mismo, nuestro país optó en la década de 1980 por la libre afiliación en un oficio clave para la libertad de expresión.

Cuando vemos estas declaraciones se comprende perfectamente el entusiasmo con que hacen cola los licenciados en periodismo para inscribirse en un Colegio extraordinariamente politizado. Yo, de hecho, no estoy afiliado, aunque soy titulado.

Pero debo decir que en España, donde he ejercido la profesión en los últimos 35 años, participando en la fundación de alguna de las cabeceras más prestigiosas de ese país, nunca nadie me exigió un título de periodista para ejercer como tal. De hecho, ni siquiera he homologado el título. La pregunta que me hacían mis empleadores antes de contratarme era “¿usted sabe redactar una noticia?” y no “¿usted tiene un título o carnet para redactar noticias?”.

El único sitio donde tuve obstáculos para ejercer el periodismo ha sido justamente Venezuela. Como no tengo un título obtenido en ese país, no podía escribir ni una noticia ni un editorial. Tampoco tenía la opción de homologarlo. Pero, hecha la ley, hecha la trampa. Había un cargo que sí podía ocupar sin ser periodista titulado: el de director, o sea, la máxima responsabilidad profesional de un medio de comunicación. Un contrasentido absoluto, pero que me sirvió para ser director ejecutivo de El Universal entre 1995 y 1997.