Actualidad

Smiljan Radic, ganador del Premio Pritzker: la fragilidad como forma de construir el mundo

Imagen principal
POR María Alejandra Gallardo Contreras |

Una conversación que revela a un arquitecto que desconfía de las certezas, que piensa la obra como un acto frágil y situado, y que, lejos del pedestal del reconocimiento, insiste en el valor del refugio, del tiempo y de lo humano detrás de cada forma.

En Conversaciones sin Pauta, Claudia Alamo conversó con Smiljan Radic, reciente ganador del Premio Pritzker, en una entrevista que no se limita a celebrar el reconocimiento sino que abre grietas, como las que tanto le interesan,  para pensar la arquitectura, el país y la vida desde un lugar incómodo, lúcido y profundamente humano.

Radic: la fragilidad como acto radical

Radic no habla como quien posa desde el pedestal del “Nobel de la arquitectura”. De hecho, lo desarma de entrada: “No se premia al mejor arquitecto del mundo”, dice, con una mezcla de ironía y precisión quirúrgica.

Lo que se premia, explica, es una necesidad: “Se elige a alguien porque permite hablar de la arquitectura en ese momento”. En esa frase hay una clave de lectura de toda la conversación: la arquitectura no como objeto terminado, sino como lenguaje en tensión con su tiempo.

Ese mismo desplazamiento aparece cuando habla de lo “frágil”, concepto que atraviesa su obra y su pensamiento. Lejos de cualquier romanticismo, Radic lo sitúa en lo precario, en lo efímero, en lo que depende de una biografía concreta: “Se muere alguien y se muere la construcción”.

Construir entre lo leve y lo eterno

La arquitectura, entonces, no como monumento eterno, sino como huella vulnerable. No como piedra que perdura, sino como gesto que puede desaparecer.

Y sin embargo, la piedra también está. Ahí emerge uno de los contrapuntos más interesantes de la conversación: ligereza y peso, membrana y geología. Pero Radic desarma esa oposición aparente: “No es el peso físico, tiene como una especie de memoria, es un peso intelectual”.

Tanto la piedra como lo liviano cumplen la misma función: introducir otra temporalidad, otra forma de percibir el tiempo dentro de la obra. La arquitectura, en su mirada, no organiza solo espacios, sino experiencias del tiempo.

El derecho a lo invisible

Hay en su discurso una desconfianza persistente hacia lo evidente. La transparencia, por ejemplo, tan celebrada en la cultura contemporánea, es para él una ilusión: “No hay cuerpos transparentes, eso no existe”.

Más aún, declara que usa membranas “para ocultar más que para mostrar”. En una época obsesionada con exhibirse, Radic reivindica el derecho al interior, al refugio, a lo que no se ve. “El interior tiene que protegerse”, afirma, y en esa frase se filtra algo más que arquitectura: una ética.

Esa ética se vuelve más nítida cuando aparece su vida personal. El cuidado, la fragilidad humana, la atención al otro. Habla de una “sonosfera”, un mundo donde no se necesita ver para entender lo que ocurre. Es una imagen poderosa: la arquitectura como escucha, como sistema sensible antes que visual. Como refugio antes que espectáculo.

Un país sin base: la arquitectura de la discontinuidad

Pero la conversación no se queda en lo íntimo. Radic también observa el país con una mezcla de desencanto y lucidez. “Chile es un país a medio morir saltando”, dice, y retoma una idea que atraviesa varias capas de la entrevista.

No hay continuidad, no hay base sólida, todo parece comenzar de nuevo cada vez. Esa fragilidad estructural se traduce en ciudades pobres en pensamiento, en reconstrucciones apresuradas, en políticas sin profundidad.

Ahí aparece otro contrapunto: Chile versus Europa. Mientras allá se negocia, se discute, se construye colectivamente, aquí, según Radic, predomina la desconfianza y la rigidez. El resultado es una arquitectura menos dialogada, menos rica, más solitaria.

Entre la fragilidad y la obra: el gesto de desaparecer

Y sin embargo, en medio de ese panorama, su propia práctica se define desde lo pequeño, lo casi artesanal: una oficina reducida, pocos proyectos, tiempo para pensar. “Tengo como diez años más para hacer cinco o seis cosas”, dice. No hay grandilocuencia, sino conciencia del límite.

Quizás ahí radica lo más interesante de su figura: en la tensión constante entre lo mínimo y lo trascendente. Entre la fragilidad y el reconocimiento máximo.

Entre el arquitecto premiado y el hombre que insiste en desaparecer detrás de su obra. “Siempre he querido que mis cosas estén en primera línea, con un personaje ausente atrás”, confiesa. En tiempos de sobreexposición, esa decisión no es menor. Es, probablemente, su gesto más radical.