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El diagnóstico del fiscal Ángel Valencia: más Estado y menos resignación frente al crimen organizado

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POR María Alejandra Gallardo Contreras |

El fiscal nacional asegura que el país está lejos de las realidades que viven Colombia, México o Brasil, pero advierte que existe un deterioro evidente de la seguridad. En medio del avance del crimen organizado, identifica tres focos críticos y plantea que la respuesta requiere algo más que mano dura.

A tres años de asumir la conducción del Ministerio Público, Ángel Valencia se ha convertido en una de las figuras más relevantes en el debate sobre seguridad.

Lejos de limitarse a las cifras o a los balances institucionales, el fiscal nacional observa el fenómeno desde una doble condición: la de máxima autoridad encargada de perseguir los delitos y la de un ciudadano que también convive con los temores que se han instalado en buena parte del país.

Ángel Valencia y el desafío de la seguridad en tiempos de crimen organizado

Durante la conversación con Conversaciones Sin Pauta, Valencia describió un escenario complejo, aunque alejado de los diagnósticos más alarmistas.

“Estamos muy lejos de vernos sobrepasados o vernos enfrentando un problema tan grave como los que tienen algunos de nuestros países vecinos”, afirmó al ser consultado por el avance del crimen organizado en Chile.

Su evaluación parte de una constatación que considera ineludible: la seguridad se deterioró en comparación con la realidad que existía hace una década.

Aunque reconoce que las tasas de homicidios han mostrado mejoras recientes, sostiene que la percepción de inseguridad tiene una base real. “Ese temor del ciudadano no es infundado”, aseguró.

La experiencia personal también forma parte de esa mirada. Valencia relató que cuatro de sus cinco hijos han sido víctimas de delitos desde que asumió como fiscal nacional.

Robos, asaltos e incluso un violento ataque contra un integrante de su familia forman parte de una realidad que, según explica, le permite comprender las preocupaciones de la ciudadanía más allá de los informes estadísticos.

Fronteras, cárceles y calles: los focos de alerta de Valencia

En su análisis, existen tres áreas especialmente sensibles. La primera es la frontera norte, que identifica como la principal puerta de ingreso de drogas y escenario de delitos asociados a la trata de personas y el tráfico de migrantes.

La segunda corresponde al sistema penitenciario, donde observa con preocupación la capacidad que algunas organizaciones criminales han desarrollado para mantener operaciones desde el interior de las cárceles. “Hoy estamos preocupados de que nos delincan desde adentro”, señaló.

El tercer foco está en el espacio público. Para Valencia, el miedo ha modificado hábitos cotidianos, reduciendo la vida nocturna y limitando la utilización de calles, plazas y centros urbanos. A su juicio, cuando la ciudadanía abandona esos espacios, los delincuentes encuentran más facilidades para consolidar su presencia.

Más allá de la mano dura: la dimensión cultural del crimen organizado

Sin embargo, el fiscal nacional sostiene que la respuesta no puede agotarse en medidas represivas. Al abordar el poder que ejercen algunas bandas en determinados barrios, advirtió que muchas veces estas organizaciones llenan vacíos que las instituciones no logran cubrir.

Por eso, frente a quienes plantean respuestas exclusivamente basadas en la fuerza, Valencia introduce una dimensión menos visible. “Al final del día el problema es cultural”, afirmó.

Su diagnóstico combina preocupación y cautela. Chile enfrenta una amenaza distinta a la que conoció durante gran parte de su historia reciente, pero, según insiste, todavía está a tiempo de evitar los escenarios más extremos que han marcado a otros países de la región.