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De mortales al Olimpo

Un sábado poco común, dos chilenos se preparaban para llegar a lo más alto. Salvaron cuatro puntos de partido y lograron el primer oro olímpico de la historia para Chile. Sus nombres eran Nicolás Massú y Fernando González.

Por Francisca Vargas D.

Miércoles 21 de agosto de 2019

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Una tarde común y corriente. Una jornada sabatina. La cita olímpica de Atenas 2004 en su esplendor y una disciplina ad portas de convertir el 21 de agosto de 2004 en el día más importante del deporte chileno. Pero días antes, todo comenzaba con dos enfrentamientos en solitario de dos tenistas que se conocieron cuando apenas tenían 10 años.

La gesta comenzaba en singles, cuando Nicolás Massú inició su camino frente a una de las leyendas del deporte blanco: Guga Kuerten. Necesitó de 2 horas y 14 minutos para derribar al mítico tenista brasileño en tres sets (6-3, 5-7 y 6-4). "Los brasileños me tenían loco", diría momentos después.

En la otra vereda Fernando González se medía contra Konstantinos Economidis. A pesar del peso que significaba enfrentar a un local, "Mano de Piedra" no tuvo mayores problemas para quedarse con el partido en dos sets (7-6 y 6-2).

Ambos triunfos serían solo una demostración de lo que estaba por venir. La senda del éxito los llevó a entrar en la pelea por el oro y el bronce, siendo este último encuentro el que haría peligrar la final contra Nicolas Kiefer y Rainer Schüttler.

Eran 108 años de historia. No existía nacionalidad confirmada, solo cuatro tenistas con deseos de lograrlo todo y jugar hasta no tener fuerzas para moverse. 

Con dos días de descanso llegaban los alemanes a disputar el que sería uno de los partidos más importantes de sus carreras. Una ventaja que fue eso en los momentos previos al primer saque, pero que luego se disipó hasta ser invisible.

Nicolas Kiefr y Rainer Schüttler lucen la medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Atenas 2004. Foto: tennisset
Nicolas Kiefer y Rainer Schüttler lucen la medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Atenas 2004. Créditos: tennisnet

En la otra vereda estaba el tercer mejor tenista de la cita olímpica. Cansado, con la respiración agitada y los brazos respondiendo agotados a las indicaciones del cerebro, Fernando González dejaba en pausa las celebraciones por el bronce obtenido ante Taylor Dent. Habían sido cuatro horas, que sumadas a una lesión en el tobillo, presagiaban un partido desgastante. 

El presente de las dos mejores duplas en Grecia era dispar. 

En la primera manga había tranquilidad. Un 6-4 daba esperanzas de un cambio para siempre en el tenis. Pero de cara al segundo set, las sonrisas se convirtieron en nerviosismo.

El marcador dictaba 4-2 para Chile, pero el agotamiento comenzaba a pesar. Las piernas de González no respondían, se lo dijo a su compañero y lo repitió una y otra vez. Algo andaba mal, y se reflejó en los 4-6 y 3-6 posteriores. Era momento de reponerse y dar vuelta el marcador.

Con lo imposible a cuestas, la cuarta manga del partido comenzó. Amplia superioridad para los alemanes, los nacionales errando puntos claves y un 6-2 en tiebreak que acercaban las medallas al rival. El primer gold medal point, salvado.

Y salvaron el segundo.

Y salvaron el tercero

Les gritaban los puntos en la cara, y salvaron el cuarto, logrando una remontada épica que dejaba las cuentas igualadas. Todo se definiría en el último set.

Con la adrenalina como motor, entraron quebrando. El juego parecía sólido, pero jamás suficiente como para relajarse con lo hecho hasta el momento. Kiefer y Schüttler se recuperaron, y después de dos juegos inclinaban la pizarra 3-1. Pero los chilenos no se quedaron atrás y empataron todo 4-4. En ese momento, la historia cambió. El deporte chileno cambió.

Minutos después, la cuenta decía 6-4 en el último set.

Minutos después, Nicolás Massú y Fernando González estaban en el suelo abrazados.

Minutos después, dos chilenos daban la vuelta olímpica con una corona de laurel y un colgante de oro.

Aquellos niños que no superaban los 10 años cuando se midieron por primera vez en el Club Unión Española de Agua Santa, se inscribían como leyendas. Para Chile, la primera medalla de oro en su historia les aseguraba un puesto en el Olimpo.

 

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