Especial Corea del Norte

La reunificación para una península rota

Para una nación con cinco milenios de historia, la separación de casi 70 años es un paréntesis.

Por Camilo Aguirre Torrini*

Sábado 9 de junio de 2018

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Corea es un país que se jacta de sus cinco mil años de historia. Desde el año 2.333 a.C. hasta la actualidad, la península coreana ha experimentado procesos de división y unificación en reiteradas ocasiones.

Por lo mismo, la división Norte-Sur de la actualidad vista desde una perspectiva histórica, no es más que un paréntesis. La reunificación, pensada así, parece algo inevitable. O al menos eso era lo que pensaba la mayoría de los coreanos décadas atrás.

El desarrollo del programa nuclear norcoreano, la sucesión exitosa de la tercera generación Kim en el poder, incidentes recientes que cobraron vidas de surcoreanos (Yeonpyeong y Cheonan), entre otros factores, tanto internos como externos, han cambiado las expectativas con respecto a la unificación.

La reunificación por la fuerza

Ambas Coreas participaron en la guerra (1950-1953) con el propósito de absorber a su contraparte, en un proceso de unificación por la fuerza similar a lo que ocurriría años más tarde en Vietnam. Lamentablemente para los líderes coreanos, la guerra acabó en un “empate técnico”.

El costo que tuvo la Guerra de Corea, tanto material como de vidas humanas, fue tan alto para las partes involucradas, que la vía militar parece descartada. Sin embargo, año a año ambas partes realizan ejercicios de simulación de distintos escenarios de invasión.

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Para Estados Unidos, el proceso implica el total desmantelamiento de las capacidades nucleares norcoreanas. No así para Corea del Norte.

Lucha por la legitimidad

Carl Von Clausewitz decía que la guerra es la continuación de la política por otro medios”.  Es curioso que en el caso coreano de la posguerra aplica exactamente lo opuesto: la política como continuación de la guerra.

Resignadas a coexistir, ambas Coreas iniciaron una carrera diplomática con el fin de desacreditar a su contraparte y excluirla de las principales instancias de participación en el escenario internacional, principalmente organismos pertenecientes a las Naciones Unidas. En el ámbito de las relaciones bilaterales, aún en un contexto de apaciguamiento de la Guerra Fría, los países no alineados debían estar conscientes de que entablar relaciones con una Corea imposibilitaba cualquier acercamiento a la otra.

El caso chileno es ejemplificador: Chile fue el primer país latinoamericano en reconocer al gobierno de Corea del Sur (1949). Tras el triunfo de la Unidad Popular, Chile inicia relaciones con Corea del Norte ignorando todas las advertencias de Corea del Sur. Tras formalizarse la relación Chile-Corea del Norte, Corea del Sur retiró a sus representantes del país. Tras el Golpe de Estado de 1973, Corea del Norte fue uno de los primeros países que condenó las acciones de los militares chilenos y optó por retirar a sus representantes, lo que permitió el restablecimiento de las relaciones con Corea del Sur.

La carrera diplomática por la legitimidad terminó el 17 de septiembre de 1991, cuando ambas Coreas ingresaron a las Naciones Unidas.

Teoría del colapso del régimen norcoreano

Tras el empate militar y el fin de la carrera diplomática por establecer a una Corea como la legítima, los prospectos de una reunificación no eran favorables.

No obstante, a mediados de la década de las noventa, una serie de sucesos puso en riesgo la continuidad del régimen norcoreano. Kim Il-Sung, supremo líder y fundador de la República Popular Democrática de Corea, dejó este mundo el 8 de julio de 1994. El supremo líder era irremplazable, por lo cual se convirtió en el dirigente eterno de su país y fue su hijo, Kim Jong-Il, quien asumió la responsabilidad de dirigir a la nación. El aparato político norcoreano preparó la sucesión y esta se produjo sin mayores contratiempos.

No obstante, Corea del Norte se vio enfrentada a una serie de catástrofes naturales, tales como inundaciones y sequías. Esto, sumado a la desaparición de la ayuda proveniente de su antigua aliada, la Unión Soviética, hizo colapsar el sistema de distribución de alimentos y dio paso a la “ardua marcha”: el total de muertes por inanición y enfermedades relacionadas se estima entre 200.000 a 3.500.000 para una población de 22 millones de habitantes.

La catástrofe humanitaria motivó a diversos académicos y expertos a teorizar con respecto al eventual colapso del régimen norcoreano. Un equipo de especialistas de la CIA concluyó en 1997 que era muy probable que Corea del Norte colapsara en un plazo de cinco años. Hoy, transcurridos veinte años y contemplando al tercer Kim en gobernar Corea del Norte, resulta evidente cuán equivocadas estaban dichas teorías.

La Ola Coreana y la unificación

Una de las claves de la estabilidad del régimen norcoreano es la capacidad de controlar cada una de las esferas de la vida de sus ciudadanos. La incapacidad de acceder a fuentes de información no controladas por el Estado impidieron durante años que los norcoreanos pudieran siquiera imaginar cómo era la vida del otro lado de la frontera.

Sin embargo, entramos a una época en que la abundancia de información y medios para su transmisión (CD, DVD, dispositivos de almacenamiento externo) es tal que el aparato estatal norcoreano no logra controlar su circulación. De acuerdo con testimonios de desertores, es relativamente fácil conseguir programas de TV surcoreana, películas extranjeras, música.

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El acceso a estos medios es tal que en la actualidad, incluso en caso de ser descubierto en posesión de alguno, siempre es posible sobornar a las autoridades para no enfrentar un castigo. Estos medios se convierten en una ventana a la prosperidad de Corea del Sur, y entierran los prejuicios alimentados por los medios de información oficiales durante tantos años. El duro contraste entre la realidad norcoreana y la prosperidad observable en las producciones surcoreanas es uno de elementos mencionados por los desertores cuando son consultados sobre las motivaciones para abandonar su país.

Una consecuencia no esperada de las producciones culturales surcoreanas, conocidas en conjunto como la Ola Coreana, es el aumento en las expectativas de la ciudadanía norcoreana. Lo anterior podría motivar un descontento general y revueltas en el futuro.

La reunificación no es un tema de dos

La reunificación es un antiguo anhelo del pueblo coreano, pero involucra directamente a los países vecinos. China es probablemente el país que se vería más afectado en el caso de una reunificación por la caida del régimen norcoreano. Millones de norcoreanos buscarían escapar a China, lo que generaría un colapso de las instituciones en ese país. Además, Corea del Norte actúa como un Estado “tapón”, que detiene la influencia de Estados Unidos en la región.

Japón podría beneficiarse de un proceso de integración entre ambas Coreas que contribuya a mejorar las actuales condiciones de seguridad de la región. No obstante, algunos pronósticos positivos para la economía coreana en caso de integración podrían preocupar a Japón. De acuerdo con un reporte de Goldman Sachs de 2009, la sinergia entre el capital surcoreano y la mano de obra norcoreana podrían generar una dinámica de crecimiento que termine por superar a la economía japonesa. Desde esa perspectiva, mantener el statu quo también respondería a los intereses de Japón.

Estados Unidos vería con buenos ojos la reunificación, en tanto ayudaría a disminuir el gasto militar en la región. No obstante, este sería el caso si es que el gobierno de una Corea unificada sea cercano a Washington.

¿Qué piensan los jóvenes de la reunificación? 

Corea del Sur posee un ministerio dedicado exclusivamente a los preparativos necesarios para una futura integración, el Ministerio de Unificación. Dicho organismo realiza encuestas periódicas con el fin de conocer las actitudes de la población con respecto a la reunificación.

Los últimos sondeos han mostrado cambios considerables. En un espacio de cuatro años, el apoyo total a la unificación bajó de 69,3% a 57,8%. No obstante, el principal cambio se observa en la población de entre 20 y 30 años: el 71,2% se opone a la unificación.

Se aprecia entonces un gran cambio generacional entre los adultos que experimentaron la separación de las familias y los horrores de la guerra y los jóvenes que crecieron aceptando la existencia de dos Coreas. Los últimos no están dispuestos a absorber los costos de la unificación y tienen muchas preocupaciones, tales como el desempleo y la alta competitividad de uno de los países más densamente poblados.

*: Camilo Aguirre obtuvo su Magíster en Estudios Coreanos por la Universidad Nacional de Seúl.

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