Internacional

Una nueva generación toma la economía de la vieja Cuba

El recambio de la dirigencia cubana parte con el sucesor de Raúl Castro, Miguel Díaz-Canel. Su difícil prioridad es la economía

Por Eduardo Olivares C.

Miércoles 18 de abril de 2018

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Hubo una época en la que Cuba, que produce con dificultad la mitad del petróleo que consume, exportó… petróleo. Fueron los años de la abundancia soviética. Moscú mandaba tanto hidrocarburo que los cubanos, ya satisfechas sus necesidades, usaban el excedente para venderlo a terceros. Pero la Unión Soviética ya no existe. Tampoco sus subsidios. Aunque después Venezuela mitigó en parte la escasez que asfixió a la isla, tampoco está hoy en condiciones de sobrellevar una carga dado que apenas puede con la propia. Cuba anda de manotazos con sus cuentas. No cuadran. Y a partir de ahora esas manos cambian.

Fidel primero. Desde 2008, Raúl. El régimen de los Castro ha manejado esas cuentas —y tantas más— desde 1959. No llegarán a los 60 años. La Asamblea Legislativa de Cuba está escogiendo un sucesor a Raúl Castro para la Presidencia del país. El equipo de recambio, liderado por Miguel Díaz-Canel (57 años) como nuevo presidente del Consejo de Estado y por lo tanto Jefe de Estado, tendrá esa tarea: que las cuentas cuadren. Y de paso hacer que la economía, que ha promediado un crecimiento del 2,4% el decenio de Raúl y que tuvo una recesión en 2016, salte de una vez.

Fidel (fallecido en 2016) y Raúl Castro en la Asamblea Nacional (2001)
Crédito de la imagen: Estudios Revolución Consejo de Estado de Cuba

“Por ahora, es probable que la transición sea suave”, opina Susan Eckstein, socióloga de la Universidad de Boston. Claro, se va Raúl Castro (87) y la Asamblea Nacional debe escoger un sucesor, pero los mecanismos de poder no deberían variar en forma significativa. Hay varias razones, la más poderosa de las cuales es que Raúl Castro se mantendrá como primer secretario general del Partido Comunista. Tal vez no esté solucionando todos los problemas que pueda tener el gobierno, pero sí supervisará las estrategias de desarrollo.

La penumbra especial

Tras la caída de la Unión Soviética, la economía cubana se desfondó. “Entre 1990 y 1993 el PIB (Producto Interno Bruto) de Cuba se redujo en 35,4%. El país estaba paralizado”, resume Paolo Spadoni, especialista en Cuba de la Universidad de Augusta. Fidel Castro bautizó a estos años como el “período especial en tiempos de paz”.

La penuria taladró bolsillos y ánimos. “Acostumbrados a unos niveles de bienestar material bastante considerables, los cubanos se enfrentaron de pronto con la escasez de prácticamente todo, desde los alimentos hasta las medicinas”, cuenta el periodista Jon Lee Anderson en una crónica del libro Cuba en la encrucijada, de 2017. Anderson vivía con su familia por esos años en La Habana preparando el material sobre el Che Guevara, su biografía más famosa. “No había suficiente combustible para generar electricidad —prosigue Anderson—, de modo que eran frecuentes los apagones, extendidos por toda la isla, que en ocasiones duraban 12 horas al día o incluso más. Los bueyes habían sustituido a los tractores en el campo y las bicicletas chinas habían reemplazado a los coches en las ciudades […]. Muchos no tenían ni qué comer”.

Spadoni dice que la reconversión económica del régimen de Fidel Castro debió ser profunda y debió activar el comercio internacional. El influjo de estadounidenses (“visitantes”, ya que en rigor no pueden acudir como “turistas” por las restricciones legales norteamericanas) se incrementó. Ello, más los capitales que precisamente se instalaron en el sector turístico, consiguieron que la economía cubana encallara en diques de contención en vez del hundimiento. Fue al menos paradójica esa influencia estadounidense, dado que en esa misma década intensificó el embargo comercial que data desde 1960 y sobre todo 1962 y que se modificó en varias en oportunidades, como la ley Helms-Burton de 1996, que los cubanos llaman “bloqueo” económico.

Con la llegada de Hugo Chávez al poder en Venezuela en 1999, la Cuba de Fidel obtuvo el balón de oxígeno financiero que necesitaba. El gobierno chavista, rebosante de petrodólares, exportó petróleo a precio ridículo a Cuba a cambio del envío de profesionales, entre ellos médicos cubanos, a Venezuela. Fueron los mejores años en la isla. La economía superó los dos dígitos de crecimiento en 2005 y 2006. Un cierto aire de optimismo se coló desde el mar.

Fidel Castro enfermó y cedió el poder a su hermano Raúl, primero en forma temporal en 2006 y luego de manera definitiva en 2008. No se trataba simplemente de un traspaso fraternal, sino además entre camaradas de armas: ambos protagonizaron la Revolución Cubana en 1959, cuando tras años de lucha en la sierra isleña consiguieron derrocar al dictador Fulgencio Batista.

Tanteando el terreno, Raúl no realizó cambios telúricos inmediatos cuando asumió como presidente. Pero sí hizo reformas. Junto con purgar a altos miembros del partido como Carlos Lage (responsable en buena medida de la recuperación económica tras el “período especial”) y Felipe Pérez Roque, Raúl Castro leyó parte de la receta que ya venían aplicando China y Vietnam —otros regímenes de partido comunista único— desde hace tres décadas: darle espacio al sector privado. Cauto, temeroso o timorato, el asunto es que el nuevo líder castrista no usó toda la medicina recetada por los países asiáticos. Reformó el sistema al dar facilidades tributarias a la inversión foránea, al incrementar los permisos para que las empresas pudieran operar en ciertas áreas de la economía y exigir mayor eficiencia en las compañías estatales. Hubo reformas, entonces, pero no revolución.

La economía resintió la escasez de modificaciones. Creció, pero a paso de los mismos bueyes que seguían arando los campos. La agricultura siguió como si por ahí la tecnología fuese de Marte. Mientras la ayuda venezolana se mantuvo a tope, el sector agrícola absorbió subsidios y retrocedió en productividad. Cuba debe importar casi el 70% de los alimentos que su población consume. Pero el negocio con Venezuela comenzó a erosionarse con la caída en los precios del crudo. En 2014, Venezuela representaba el 41% del comercio exterior cubano; dos años después había bajado al 18%, comenta Michael Erisman, internacionalista de la Universidad Estatal de Indiana, en un adelanto que hace a PAUTA.cl del libro Cuban Foreign Policy: Transformation Under Raúl Castro (Política exterior cubana: la transformación bajo Raúl Castro), disponible desde mayo.

Las patas cojas

Los años de Raúl Castro han estado marcados por la escasez de productos de consumo, el racionamiento energético y la ascendente inflación. Además, los salarios del sector público son bajos (unos 30 dólares mensuales en promedio, casi 18 mil pesos chilenos) y el talento humano ha emigrado. El crecimiento económico no superó el 2,4% promedio, cuando para alcanzar niveles de bienestar adecuados se requiere que Cuba trote a un ritmo de 5 a 7%. El economista cubano Pavel Vidal incluso ha trazado el número más crudo: la economía cubana es hoy un tercio de lo que pesaba en 1985.

En un extenso reporte sobre la economía cubana publicado por Brookings Institution, el académico Richard Feinberg, de la Universidad de California, San Diego (UCSD), describe que el impulso reformista de Raúl Castro sí alcanzó a mover la aguja de desarrollo, aunque haya quedado inconcluso. El 40% de los cubanos, por ejemplo, ya trabaja en el sector privado. Al principio se avanzó en forma de microempresas (cuenta propia) y luego se formó una masa de pequeñas empresas más amplias. Paradójicamente, el mismo Estado se asustó de esta competencia y redujo la entrega de nuevos permisos de funcionamiento e incluso amenazó con nuevas restricciones a los negocios ya existentes, cuenta Feinberg.

Michael Erisman plantea que al menos Cuba ha logrado diversificar su menú de destinos y de exportaciones. Si en 1990 casi toda la economía giraba en torno a un bien de exportación, el azúcar, este mismo producto hoy representa menos del 3% de esa canasta.

La provisión de servicios médicos está en la lista más rentable. De acuerdo con cálculos de Erisman, el personal médico cubano pasó de 3.600 personas en 1999 a 55.000 en 2015. Si bien Raúl Castro ha mantenido la política de asistencia humanitaria de la que el régimen se ufana, a algunos países les está pidiendo que financien estos servicios. “El cambio desde el puro humanitarismo con costo cero a un modelo comercial más convencional ha producido dividendos relevantes para La Habana”, describe Erisman.

El turismo se mantiene como el otro gran seductor de divisas. El influjo de visitantes se ha mantenido estable, aunque tuvo un repunte de viajes de norteamericanos tras la decisión del gobierno de Barack Obama de reinaugurar la Embajada de Estados Unidos en La Habana en 2015. El turismo representa casi una quinta parte del perfil exportador cubano. Con la llegada de Donald Trump a la Presidencia de Estados Unidos, no obstante, las relaciones volvieron a enfriarse, el embargo se endureció e incluso la embajada en La Habana se ha ido quedando sin personal tras acusaciones de que habría ataques “sónicos” en contra de sus instalaciones.

Podría haber un efecto indirecto de la nueva política de Trump. Si Washington asfixia mucho a Cuba, las condiciones económicas del país se trabarían mucho más y con ello aumentaría la emigración de cubanos al mismo Estados Unidos. Hay una cuota anual que el gobierno norteamericano acepta cada año y podría quedar sobrepasada.

“Si la administración de Trump se vuelve crecientemente hostil al gobierno cubano, de alguna manera permitirá, de manera tácita, que los cubanos lleguen (a Estados Unidos) sin autorización, especialmente si Estados Unidos no cumple con el acuerdo bilateral de admitir hasta 20 mil cubanos a Estados Unidos en forma legal”, plantea Susan Eckstein, de la Universidad de Boston.

Desde hace años académicos como Richard Feinberg han planteado que la manera de provocar cambios en el régimen cubano pasa por acercarse a La Habana, no por endurecer el discurso ni las acciones. Obama lo intentó. De hecho, se trató de los años cuando Raúl Castro impulsó la empresa privada y se acrecentó la inversión extranjera. Pero quedaron muchas tareas pendientes reconocidas por el propio gobernante.

La inmutable transición

El partido. La patria. La revolución. Todo eso y más. Pero, retórica incluida, la mayor obligación que se yergue sobre los hombres nuevos en el liderazgo de Cuba es una y enorme: la reactivación económica.

Miguel Díaz-Canel, sucesor de Raúl Castro como Presidente de Cuba

El objetivo de las nuevas autoridades es triple, dice Feinberg en su reporte: incentivos a la empresa privada, la contribución de capitales externos y una modificación profunda a la economía estatal para hacerla eficiente. “La administración venidera, si no en los primeros 100 días, al menos en los primeros años, tiene una oportunidad para redefinir el rol económico de Cuba en el mundo”, plantea Feinberg. Agrega que los nuevos gobernantes podrían impulsar asociaciones con compañías internacionales, siempre en el propio interés nacional cubano. “Más importante incluso, la nueva administración podría nombrar rostros frescos para articular esta asociación en forma inequívoca. Donde Cuba carezca de la experiencia para negociar en confianza con socios internacionales, podría resultarle rentable que contrate los servicios de firmas consultoras y de inversión respetables”, sugiere.

A Cuba también le falta financiamiento internacional. Tiene acceso limitado a los mercados. Aunque Raúl Castro renegoció con el Club de París el pago del 76% de su deuda por US$ 11.100 millones, mantiene obligaciones con bancos internacionales y otros socios. “La situación financiera mejoró y Cuba tuvo cierto acceso a crédito para el desarrollo. La liquidez financiera es otra cosa. Cuba está tratando de aumentar sus reservas internacionales para tener fuentes de dinero para resolver sus problemas”, comenta Paolo Spadoni, de la Universidad de Augusta.

Y los problemas son vastos. “Hasta ahora, los sectores más importantes se quedan en manos del Estado y no veo una voluntad política de realizar cambios sistémicos. Hasta ahora no se han aceptado”, analiza Spadoni.

Hasta ahora, las autoridades hablan de continuidad. Las políticas económicas, de hecho, quedarán en manos de la misma dirigencia. Ni siquiera Raúl Castro se alejará del poder. Estará vigilante desde su puesto como secretario general del Partido Comunista de Cuba, al menos hasta 2021. También se han dispuesto medidas para limitar el período presidencial a cinco años, renovables como máximo por otros cinco, muy al estilo que en su minuto impuso Deng Xiaoping en China (y que fue reformado recientemente para Xi Jinping).

La campaña del gobierno cubano por Twitter es #SomosContinuidad, reflejo de que las nuevas autoridades mantendrán el sistema

Uno de los grandes desafíos es la retardada decisión sobre el tipo de cambio. En Cuba existen dos maneras de convertir la moneda extranjera: en un caso está el peso cubano, que tiene una tasa fija de cambio, y por otra el Peso Cubano Convertible (CUC) que usan los extranjeros. Por cada 24 pesos cubanos se adquiere un CUC. Aunque la unificación de ambos sistemas ha estado en la carpeta del régimen, concretar esa transformación podría ser muy riesgosa: la inflación se dispararía si finalmente la moneda se devalúa, lo que afectaría a los trabajadores y podría hacer quebrar numerosas empresas, incluso estatales. El temor de protestas sociales está a la vista, sobre todo si la nueva generación no cuenta con el respaldo suficiente.

Las protestas no están en el menú de lo permitido. Por lo mismo, los esfuerzos de Díaz-Canel por mejorar la conectividad electrónica en la isla, que incluyan la posibilidad de ampliar el acceso a internet en los hogares, puede resultar contraproducente: habría con ello más libertad para la dispersión de ideas y de la crítica.

La socióloga Susan Eckstein dice a este medio que la transición será tranquila, pero no porque el apoyo popular a Raúl sea muy elevado. “Los cubanos se han vuelto despolitizados a lo largo del tiempo. Con todo, el nuevo presidente debería ganarse su legitimidad. Eso significa que él deberá convencer a los cubanos de su derecho a gobernar”, asegura. De otro modo, Eckstein teme que los cubanos se tornen más desafectados políticamente.

Uno de los peligros de la desafección, dice la literatura en sociología política, es la ruptura con el sistema —ya sea democrático o no democrático.

Nota: este artículo fue actualizado para reflejar la elección de Miguel Díaz-Canel como nuevo Presidente de Cuba tras la votación de la Asamblea Nacional de Poder Popular, comunicada este jueves 19 de abril.

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