Internacional

Viaje a Panmunjom, donde parte la estrategia norcoreana

El editor general de PAUTA estuvo en la zona donde se celebra la cumbre intercoreana. ¿Por qué es tan importante?

Eduardo Olivares C.

Por Eduardo Olivares C.

Viernes 27 de abril de 2018

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Son 1.020 orificios los que se cuentan en la capa de acero de una locomotora. Sus ejes y ruedas están tan dañados que apenas se entiende cómo alcanzaron a moverse. La tapa de la caja de humos, en la nariz de la máquina, luce abierta y reventada. Está emplazada a metros de una línea férrea cortada, cercenada, que antes unía Seúl con Kaesong. Ambas ciudades estaban en un solo país. Ya no. La locomotora a vapor agujerada a metrallazos revela por qué: donde había una Corea, desde 1953 hay técnicamente dos. El tren está tan oxidado como las veces en que hubo esperanza de paz entre los dos gobiernos—ya ni hablar de reunificación. A menos de 10 kilómetros de allí, se celebra una reunión que alimenta una última esperanza.

Locomotora ametrallada que luce como vestigio de la Guerra de Corea.
Crédito: Eduardo Olivares C.

A las 9:30 am del viernes coreano, el líder de Corea del Norte, Kim Jong Un, cruzó la zona más militarizada del mundo, en Panmunjom. Es paradójico, pues al sector se le conoce como Zona Desmilitarizada. Como todo hito que se observa cada diez, 20, 60 años —o nunca—, salta el adjetivo “histórico” como muletilla. Claro, se trató la primera vez que un gobernante norcoreano, y ha habido tres, atravesó hasta el sur.

Por ahora, todo es simbólico más que efectivo. ¿Qué es, entonces, Panmunjom?

La villa inexistente

Panmunjom, curiosamente, no existe. Pero existió. Fue una villa ubicada al norte de la actual frontera, donde por dos años los comandos militares del norte y de Naciones Unidas sostuvieron un diálogo para lograr una tregua. Venía saliendo de la parte más sangrienta de la disputa entre las fuerzas de Kim Il Sung, en el norte y apoyado por China, y las de Naciones Unidas bajo el liderazgo del norteamericano Douglas MacArthur.

Aunque el pueblo desapareció, a la zona se le conoce por ese nombre y allí caben muchas localidades, historias y recuerdos.

En Corea del Sur existe una industria turística que convirtió al en un punto de altísimo tráfico, especialmente de extranjeros. Todo comienza con un viaje desde Seúl hasta la denominada Área Conjunta de Seguridad. En ese camino, a la distancia, se observan hilas de alambradas que separan montes y bosques.

Recuerdos de surcoreanos en las alambradas que separan ambos países.
Crédito: Eduardo Olivares C.

A lo lejos se ven banderas gigantes. Hay una de Corea del Sur, sí, sobre una alta asta, pero más allá, en lontananza, flamea una bandera norcoreana sobre una torre de telecomunicaciones de 160 metros de alto. No es la única competencia: mientras desde el sur hay propaganda de canciones pop y boletines, desde el norte suenan himnos marciales con elevados decibeles. Desde fines de la guerra que ambos bandos también se han dedicado a la propaganda política enviada con globos desde uno a otro lado. Las recriminaciones mutuas nunca han cesado, pero al menos ahora, para esta cumbre intercoreana, los parlantes se han silenciado.

El camino continúa. Primero se atraviesa un puesto donde hay más militares estadounidenses que coreanos. El viaje sigue, entonces, hasta la denominada Zona Desmilitarizada.

La frontera

Zona de demarcación fronteriza, con los galpones (color azul) administrados por Naciones Unidas. Al fondo se observa el Panmon Hall, en Corea del Norte.
Crédito: Eduardo Olivares C.

Dos grandes edificios están instalados en el sur. Al lado poniente está la Casa de la Paz, justo el lugar donde de la cumbre entre Kim Jong Un y el Presidente de Corea del Sur, Moon Jae In. Al frente, levantado contra el norte, está la Casa de la Libertad. Es por este último edificio por donde los civiles entran. A la salida se pueden ver, siempre mirando al norte, los famosos galpones azules presentes en todas las fotografías que reflejan la demarcación de la frontera coreana. Tres soldados enhiestos, erguidos y vigilantes observan a sus vecinos. Al otro lado, opuesto a la Casa de la Libertad, hay un enorme edificio de Corea del Norte llamado Panmon Hall. Y así como a este lado, también desde allá hay turistas, la mayoría chinos. Unos desde aquí y otros desde allá, con curiosidad, toman sus cámaras. Son fotos a turistas que toman fotos.

Imagen satelital del Área Conjunta de Seguridad.
Crédito: Google

Entrar a los galpones, que no son más que oficinas largas y deslucidas, requiere turnos. El turismo tiene sus reglas y deben respetarse especialmente cuando hay tanto militar armado alrededor. Hay mesas, sillas, casetas para traducción, cuadros con banderas de países intervinientes, aire acondicionado. Un banderín de Naciones Unidas recuerda que allí se respira neutralidad, al menos en el papel. Hay soldados coreanos apostados como estatuas, atornillados con un ancla invisible, sus ojos bloqueados con lentes de sol, los puños apretados como si se les extinguiera el aire. En esas oficinas ha habido reuniones antes entre comandos militares para realizar treguas, negociar intercambios, dialogar condiciones del statu quo que atenaza ese límite por 65 años.

Soldado coreano en las oficinas de Naciones Unidas, en la frontera intercoreana.
Crédito: Eduardo Olivares C.

No más de cinco minutos puede un civil permanecer en ese lugar. Técnicamente habrá pisado Corea del Norte, pues el galpón cruza la frontera.

El impacto de una guerra sin paz no concluye en el Área Conjunta de Seguridad. Diez kilómetros al sur está el parque de Imjingak, donde hay desde jardines hasta un pequeño centro de entretenciones. Se mezcla la contemplación con el negocio de los souvenirs.

Los jirones de recuerdos dejados por miles de surcoreanos en la reja fronteriza entre las Coreas.
Crédito: Eduardo Olivares C.

En medio de árboles, fuentes y tras el puente que atraviesa el río Imjin, está el memorial de Mangbaeddan. Allí los surcoreanos que tienen parientes en el norte que quedaron desplazados tras la guerra rinden sus respetos. Más allá hay una alambrada que se pierde en el bosque. Los alambres de púas en la parte superior son abundantes. Nadie puede pasar. Entre rejas y fierros cuelgan miles de jirones de colores. Los surcoreanos los han ido colgando por décadas. Cada jirón puede representar un dolor distinto. Se mezclan con fotografías, oraciones, banderines, panfletos. De fondo se ve el puente ferroviario, llamado desde el sur como Puente de la Libertad, que conecta con Corea del Norte. No conecta nada: en la ribera norte hay una barricada que convierte a ese puente en un esqueleto. Es igual a la locomotora de vapor agujereada que yace a metros de allí, como recuerdo de esa guerra que no ha terminado.

Revise abajo una galería de imágenes sobre la visita a esta zona

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