Opinión de Fernando A. Tapia

Los grandes olvidados

"Nada es al azar", escribe Fernando A. Tapia sobre el abandono del fútbol joven. "No es extraño el nulo interés del Consejo de Presidentes por el pronto regreso de la competencia para las divisiones inferiores".

Por Fernando Tapia

Martes 13 de julio de 2021

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En total han sido 21 meses, casi dos años, en que el fútbol joven ha estado casi absolutamente paralizado. Primero fue por el estallido social que las autoridades de la ANFP resolvieron detener el campeonato de las divisiones inferiores. Y luego por la pandemia. Salvo por un par de semanas en el que se intentó regresar a la normalidad, los mínimos esfuerzos por volver a movilizar la actividad han quedado en tibios esmeros por cumplir.

El Consejo de Presidentes, ese grupo que reúne a los máximos dirigentes, parece no alarmarse por las graves consecuencias que en el tiempo tendrá este largo periodo de inactividad. El riesgo es evidente: la falta de competencia es un atentado para la formación de al menos dos generaciones que el fútbol chileno tarde o temprano no tardará en lamentar.

Hoy las restricciones sanitarias para el regreso de los campeonatos juveniles le han dado la excusa perfecta a una casta directiva que lejos de mostrarse preocupada parece sentirse cómoda ante la posibilidad de poder abaratar costos en sus estructuras formativas. Porque para los que toman decisiones, en general, el fútbol joven no es otra cosa que un gasto.

Azul Azul, la concesionaria que administra el fútbol en la Universidad de Chile, acaba de despedir a los exfutbolistas Mariano Puyol y Marcelo Jara, ambos con varios años de trabajo en el fútbol formativo. En ambos casos con la justificación de tener que reducir los costos de la institución ante la crisis económica que ha provocado la pandemia, y que en el caso de la "U" ha limitado una de sus mayores fuentes de ingresos como es la venta de entradas.

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Más allá de la realidad financiera que aqueja a los diferentes clubes del fútbol chileno, lo cierto es que el caso ocurrido en estos días en el cuadro azul es un reflejo de lo que acontece en la mayoría de las instituciones: las divisiones inferiores no son prioridad. Puyol y Jara son apenas dos de una larga lista de entrenadores y profesionales que han perdido sus empleos en estos casi dos años.

Ni hablar del abandono en el que se encuentran los jóvenes futbolistas, esperando poder volver a competir, mientras los dirigentes siguen pensando cómo continuar la reducción del presupuesto asignado para las categorías inferiores.

¿Es que acaso no se dan cuenta que se está hipotecando el futuro institucional? ¿Por qué el Consejo de Presidentes no establece como prioridad el regreso a la competencia del fútbol joven? ¿Qué es lo que hace que la directiva de la ANFP aparezca hasta indolente ante esta situación?

La verdad es que nada parece casual y todo forma parte de un círculo vicioso. Quien más claro lo ha dicho ha sido el técnico de Ñublense, Jaime García, quien planteó: "Los nuevos dueños no están dispuestos a invertir en procesos largos para formar jugadores, y prefieren traer a un futbolista de afuera, ya formado, con opción de venderlo".

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No se trata sólo de costos, sino que también es la ratificación que el modelo de negocios que se está asentando con fuerza en el fútbol chileno está siendo dirigido por los intereses de los representantes, los mismos que con triquiñuelas y aprovechándose de vacíos legales de nuestra normativa, se han hecho del control e incluso de la propiedad de algunas sociedades anónimas deportivas. Su negocio es la compra y venta de futbolistas; la formación no es más que un "cacho", algo que no da rédito en el corto plazo.

Su presencia ha contaminado el Consejo de Presidentes que, como ente máximo de resolución, también ha permeado los intereses que debiera privilegiar la directiva de la ANFP, que dicho sea de paso, en nuestro país, es lo mismo que la Federación de Fútbol de Chile, entidad que tiene entre sus propósitos más relevantes el desarrollo del fútbol formativo. Una vez más la postergada necesidad de la separación de ambas instituciones aparece como urgente.

Nada es al azar. No es extraño el nulo interés del Consejo de Presidentes por el pronto regreso de la competencia para las divisiones inferiores. Tampoco la gravísima pasividad de la directiva que encabeza Pablo Milad, de quien sabemos muestra más interés por agradar a los que le dieron su voto para estar donde está, y muy poco por promover las soluciones a los temas que, como este, debiera estar en el primer lugar de prioridades en su condición de presidente de la Federación.

Es evidente que para cualquier club sudamericano, con un proyecto deportivo sólido, no es sino la formación la mejor manera de generar identificación, consolidarse en el tiempo y e incluso generar importantes ganancias con transferencias hacia otros mercados. El problema es cuando ese proyecto deportivo es reemplazado por especuladores, que utilizan la propiedad de un club para simplemente transformarlo en una vitrina para la constante compra-venta de futbolistas, donde cada operación deja una importante comisión para los empresarios.

Es verdad que los estrictos protocolos sanitarios han sido un importante obstáculo para el retorno del fútbol joven. Es cierto también que implementarlos tiene costos asociados, que recargan unas financias ya duramente golpeadas por la crisis y la pandemia. Pero ¿para qué estamos con cosas? La verdad sea dicha: tampoco hay mucho interés en regresar a la normalidad ya que perfectamente el negocio se puede solventar de una manera más fácil y en el corto plazo.

Mientras tanto ahí están y siguen esperando los grandes olvidados. Dos generaciones de futbolistas que corren el riesgo de perderse, y que a la espera del retorno a la competencia, ocupan cada vez más horas pegados a la pantalla del celular o simulando partiditos en las consolas de videojuegos.

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