La columna de Fernando Tapia: “El elefante en la habitación”
En su columna, Fernando Tapia analiza la prisión preventiva dictada para Michael Clark y otros involucrados en el caso Sartor. “Son esos nombres y apellidos los que han constituido un poder en las sombras que muy pocos se atreven a nombrar”, dice.
El expresidente y máximo accionista de Azul Azul, Michael Clark, deberá pasar un buen tiempo en prisión. Imputado por su participación en el caso Sartor, la jueza del tribunal de garantía que observó el proceso de formalización determinó que su libertad constituye un peligro para la seguridad de la sociedad y para el éxito de la investigación.
De paso, la justicia, en una primera instancia, dio por acreditados varios delitos establecidos por el Ministerio Público, entre los cuales resalta el lavado de activos, relacionado con la operación de compra del paquete accionario de la concesionaria en 2021, efectuado en una importante proporción con fondos de los aportantes que han denunciado una estafa de ribetes nunca vistos en la historia financiera del país.
En pocas palabras, Clark y sus socios, se compraron la “U” con plata ajena. Nunca pusieron un solo peso de su bolsillo, y todos estos años pudieron manejar uno de los clubes más importantes de Chile con fondos obtenidos de manera ilícita.
El caso recién se inicia, y por ahora se fijó un plazo de 120 días de investigación. Pero las pruebas exhibidas en la formalización, incluyendo la confesión de ex directores de Sartor, dan cuenta de una compleja operación en múltiples negocios, donde Azul Azul resultó ser una más de las aristas del caso, que podría sumar casi 200 millones de dólares en perjuicios para centenares de víctimas.
En este escenario cuesta entender cómo el directorio que sigue dirigiendo los destinos del club, nombrados en su mayoría por el imputado Clark, se mantengan en sus cargos. Moralmente desacreditados, haría falta algo de dignidad y decencia para liberar a la “U” de la sombra de Sartor.
El futuro inmediato de la institución sigue siendo incierto. Porque no toda la plata para adquirir las acciones que otorgaron el control vino de fondos públicos mal habidos. También participaron en la operación con créditos triangulados personajes del fútbol, cuyos nombres fueron mencionados varias veces en las audiencias de formalización.
Los apellidos Kiblisky, Cerda y Pesce, a través de sus sociedades, están bajo la lupa de la Fiscalía. Hasta ahora no hay cargos en su contra, pero sí abundantes pruebas de sus operaciones en torno al financiamiento y control del club universitario, y los vínculos con los clubes de Huachipato y Ñublense.
Está más que claro que en la “U” Clark no actuó solo, y las sospechas de que ha habido una economía circular entre estas tres instituciones, socavando gravemente la integridad de la competencia en el fútbol profesional chileno, suman cada vez más evidencias.
Quizás, ahora, en la soledad de sus celdas, algunos de los imputados se decidan a hablar. Porque, tal como lo describió uno de los abogados querellantes, son esos nombres y apellidos los que han constituido un poder en las sombras que muy pocos se atreven a nombrar, el elefante de la habitación como dice la metáfora, que alude a quien evita lidiar con el problema más grande.
Por la misma razón resulta preocupante, y hasta inaceptable a esta altura, que el liquidador de Sartor, a cargo de decidir el futuro del club a través de la venta del paquete accionario con el que se debe compensar a las víctimas del fraude, sea alguien que en el pasado fue socio y compartió directorio con los mismos sospechosos de siempre.