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Lucía Hiriart en cuatro facetas inéditas de su vida

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Agencia Uno
POR Cristián Rodríguez |

La viuda del fallecido general Augusto Pinochet murió este jueves 16 de diciembre a los 99 años. PAUTA revela cuatro episodios desconocidos de la ex primera dama.

La madre

Fue una mañana de invierno de 1974. Hacía frío y todavía había algo de neblina en Santiago cuando la comitiva de Lucía Hiriart de Pinochet se estacionó frente al número 236 de la calle Pedro de Valdivia, en Providencia. Ella y su escolta se bajaron de los autos.

La visita de la primera dama, cuya hija mejor, Jacqueline, cursaba primero medio en el Colegio Jeanne d’Arc, estaba anunciada, así es que las religiosas tenían todo preparado para un acto cívico en el gran patio de baldosas rosadas: podio, mástil para izar la bandera, equipo de sonido y micrófonos.

Lo que las autoridades del colegio no sospechaban era el objetivo que tenía Lucía Hiriart. De hecho, un apoderado recuerda que el joven militar Cristián Labbé, quien por entonces cumplía funciones en la seguridad de la familia Pinochet, intentó disuadirla de sus planes. Reunidos en la oficina de la madre Jeanne, la directora, y en presencia también de la hermana Isabel, la subdirectora, Labbé le propuso que conversaran entre ellas, que no era necesario dirigirse a todas las alumnas en el patio del colegio.

Pero Hiriart insistió. Estaba molesta. Consideraba que su hija menor había sido víctima de hostigamientos en el colegio y no iba a dejarlo pasar.

Las alumnas desde prekínder a cuarto medio fueron conducidas al patio y se ordenaron en filas por curso, de menor a mayor tamaño, sin delantal.  

No alcanzó a ser presentada ni a sonar la canción nacional ni a izarse la bandera; de inmediato Lucia Hiriart se paró frente al micrófono.

“Me acuerdo que estaba vestida de calipso y que partió diciendo algo así como que le hubiera encantado que esta visita se realizara en otras condiciones”, dice Cecilia López, abogada, que por entonces estaba en octavo básico.

Se ha dicho que el motivo del enojo de Lucía Hiriart habría sido que una compañera de Jacqueline había hecho un comentario despectivo sobre el general Augusto Pinochet.

La historia es distinta. Jacqueline se rebelaba ante las normas del colegio. Llegaba tarde, entraba a la sala igual, siempre con sus escoltas, lo que ya resultaba bastante disruptivo. Insistía, además, en ir a clases con las uñas pintadas, lo que por esos años estaba prohibido y lo que le causó varios llamados de atención y visitas a la inspectoría.

“Usaba un jumper más corto que el resto, y bien ajustado. Era bien salida de la norma”, comenta a PAUTA otra exalumna, que egresó en 1978.

Ella recuerda bien el resto del discurso de Lucía Hiriart esa fría mañana: “Primero, hizo mención a que los militares habían salvado al país y a lo agradecidos que debiéramos estar todos los chilenos. Luego, ya no sé las palabras exactas, pero dijo que a su hija la maltrataban en el colegio. Si fuera hoy, habría hablado de bullying. Fue un discurso corto y muy agresivo, con cero consideración por las autoridades. Terminó diciendo que debido a esta situación, se veía en la obligación de retirar a su hija del Jeanne d’Arc”.

Se bajó del podio, miró a su comitiva y se fueron tan rápido como habían llegado. No hubo ninguna despedida.

“El aire se cortaba con cuchillo, las monjas estaban heladas; nosotros también, no entendíamos nada. Una de las hermanas atinó a plantarse frente al micrófono y anunció que habría recreo hasta que sonara la campana”, añade la exalumna.

“Yo diría que fue una de las primeras ocasiones en que Lucía Hiriart mostró su tremendo carácter y cómo mandaba fuerza; algo que con los años quedaría en evidencia pero que, para entonces, era una faceta desconocida de su personalidad. Las pobres monjas se quedaron sin habla por varios días”, recuerda Cecilia Galilea, apoderada del colegio en esos años.

Cuenta además que durante varias semanas cundieron los llamados y conversaciones entre papás del colegio, pero siempre reducidos a círculos de mucha confianza. “Eran tiempos de mucho miedo y, en comparación con todo lo que estaba pasando, esto fue una anécdota. Pero muy reveladora”.

La dueña de casa

“Le decíamos ‘la ayatola’, porque ‘hallaba to’ malo”, comenta hoy entre risas José Rosales (65), quien trabajó 12 años en la presidencia y luego en la comandancia en jefe junto a Augusto Pinochet.

Rosales llegó desde el Regimiento Húsares de Angol al Diego Portales en 1981. Primero estuvo como encargado de toda la maquinaria de cocina; luego lo trasladaron en calidad de ayudante del mayordomo de la cocina del general, ya en La Moneda. “Teníamos que probar todo antes. Si nos moríamos nosotros, él se salvaba”.

José Rosales dice que con ellos, los garzones, el general “era puro cariño”, “nos agarraba pal leseo, iñor nos decía, nos hacía buenos regalos, nos trataba con buenos modales. La señora Lucía, en cambio, se lo pasaba escuchando los chismes de las personas que le hacían la pata… Si alguien le comentaba algo de un mozo, ni se molestaba en corroborarlo, ordenaba su traslado”.

En los veranos José Rosales era parte del grupo de empleados que partía en comisión de servicio con la familia Pinochet para pasar el mes de enero en Bucalemu. “Nos andábamos escondiendo para no cruzarnos con la señora Lucía”.

Cuenta que los momentos más incómodos eran cuando les tocaba abastecer un refrigerador con bebidas que estaba en el sector de los camarines, cerca de la piscina. “A Jacqueline le gustaba tomar sol desnuda, era lolita. Y resulta que para llegar al refrigerador había una sola ruta, así es que sí o sí pasábamos cerca de ella. Después, cuando estábamos sirviendo la mesa, por ejemplo, la señora Lucía comenzaba a interrogarnos ‘¿quién fue hoy a la piscina?’, ¿quién?, no quiero que me estén mirando a la niña’. Es que ella retaba al personal delante de todo el mundo, le daba lo mismo. Olvídese si en su almuerzo faltaba algo de la dieta que le recetaba a ella y al general el doctor Henry Olivi, ponía el grito en el cielo”.

José Rosales recuerda también un episodio que él no presenció directamente, pero del que se enteró de inmediato y de primera fuente. “Llegaron los escoltas de la señora Lucía a La Moneda de vuelta de una visita a la población Lo Espejo. Venían riéndose y embromando a uno de ellos, al más jovencito. ‘Tenís los pies de la señora marcaditos en la espalda’, le decían, muertos de la risa. Ahí me contaron que durante el recorrido por la población se encontraron con un charco de barro al que no había cómo hacerle el quite. Y que la señora Lucía comenzó a mirar la poza, y a preguntarse cómo iba a pasar, que qué iban a hacer. Entonces este chiquillo se acostó en el agua de guata y ella cruzó caminando sobre él… De la señora Lucía no tengo nada bueno que decir”.

La mujer

Lucía Hiriart fue decisiva en la salida de varios personeros del gobierno, como la del general Gustavo Leigh. Así como que siempre defendió a Manuel Contreras a brazo partido. Un exintegrante de gabinete de Pinochet, hoy fallecido, lo corroboró. Dijo: “Se fue poniendo muy desconfiada; comenzó a ver deslealtades por todos lados”.

Dentro de esta atmósfera se explica este excolaborador del general la salida del canciller Hernán Cubillos tras el fallido viaje a Filipinas, en marzo de 1980. “A mí me tocó ir en ese avión. Al general Pinochet le avisaron por radio lo de la cancelación de la visita, pero la mayoría nos enteramos de lo que había ocurrido solo cuando aterrizamos en Fiji”.

La comitiva partió a un hotel, donde inmediatamente todos los ministros que iban en el viaje se reunieron con Pinochet. En paralelo, las esposas bajaron al bar a tomar algo, en un intento por distender la situación. “Recuerdo que luego contaron que doña Lucía pidió una ‘agüita’ y que nunca se explicaron cómo el mozo entendió el término y volvió con el té de hierbas… Ella no tocó el tema de la cancelación del viaje por parte de Ferdinand Marcos, ni una palabra. Se contuvo”.

“Por supuesto que el episodio fue una humillación mayor, pero Cubillos no tuvo ninguna responsabilidad en lo ocurrido”, agregó el exministro. “Es más, siempre se opuso a que Pinochet viajara. Yo creo que en la familia y en particular en la señora Lucía se había ido creando una suerte de animadversión hacia él, no por desconfianza, sino por el brillo que había ido adquiriendo Hernán”.

Argumentó que además del resultado de la mediación con Argentina por el conflicto del Beagle, en la que Cubillos jugó un rol crucial, era el civil “más presidenciable”.

“Unos meses antes del viaje, Julio Iglesias vino a Chile y dio un concierto en el Municipal a beneficio de Coanil, que dirigía Margarita Riofrío de Merino. Cuando Cubillos entró a la sala, el teatro se vino abajo aplaudiéndolo. Eso no les gustó nada, en especial a la señora Lucía”.

Y tan solo una semana antes de partir a Filipinas, el canciller había ofrecido un gran cóctel en su casa de la calle Candelaria Goyenechea, en la comuna de Vitacura, al que convidó a los embajadores extranjeros destinados en Chile y a muchos de los representantes chilenos en el extranjero. “Fue una gran convocatoria y siempre me quedé con la sensación de que les cayó pésimo el muy buen ambiente que vieron de parte de los diplomáticos hacia Hernán. Así es que yo creo el viaje a Filipinas fue solo la gota que rebalsó el vaso. O la excusa. De algún modo, Hernán Cubillos ya estaba entre ceja y ceja”.

La jefa

Muchas de las mujeres de los militares trabajaban en Cema Chile porque pensaban que negarse afectaría la carrera y los eventuales ascensos y destinaciones de sus maridos en el Ejército. Le temían al poder de la “señora Lucía”.

Beatriz Linzmayer, viuda del general Ricardo Izurieta Caffarena -que sucedió a Pinochet en la comandancia en jefe- no la reemplazó a ella en Cema Chile, puesto que Hiriart decidió seguir a cargo. Linzmayer, entonces, dio vida a la Asociación de Señoras de Militares, una institución de voluntariado y de beneficencia.

“Yo nunca sentí esa presión por estar en Cema; al contrario, tuve cuatro hijos y ella respetó las épocas en que quise dedicarme a mis niños”, dice Beatriz Linzmayer a PAUTA.

“Hemos tenido una relación de cariño y respeto siempre; ella ha estado en mi casa muchas veces; siempre tuvo un gesto conmigo en mis momentos familiares importantes”.

Beatriz Linzmayer visitó a Lucía Hiriart en varias ocasiones en los últimos años y en su iPhone guarda las fotos de esos encuentros. “Mi trabajo fue siempre voluntario y yo soy una agradecida de ella”.

Esa gratitud, dice, la llevó a Londres en diciembre de 1998, cuando Pinochet estaba detenido desde octubre de ese año. Habían llegado noticias de que Lucía Hiriart estaba deprimida, desesperanzada. Al punto de que ni siquiera tenía ánimo para decorar para Navidad. Beatriz Linzmayer decidió viajar, a título personal y privado, a acompañarla por unos días. Al volver a Chile, un pino navideño con adornos colgando de sus ramas había quedado instalado en la casa de Virginia Waters.