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Carta de Cristián Warnken a la Querida Venezuela

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POR Equipo Radio Pauta |

Querida Venezuela:

Todo lo que sé de ti, Venezuela, lo sé a través de tus hijos pródigos: los cientos de venezolanos con los que converso todos los días y que me han ido contando su patria poco a poco. Y también a través de Gonzalo Rojas, nuestro poeta que vivió parte de su exilio en Caracas, desde 1975, como profesor en la Universidad Simón Bolívar. Ahí publicó sus libros “Oscuro” y “Transtierro”; en ese país nuestro poeta fue homenajeado y reconocido, y ahí aprendió que “la Casa es América”.

Y, desde luego, a través de Andrés Bello, nuestro padre de la patria espiritual que le robamos a Venezuela y que nunca dejó de recordar con nostalgia su exuberante naturaleza y las tertulias y el encuentro con un joven y deslumbrado Humboldt ante esa tierra prometida. Estamos hablando de seres humanos, humanidad, naturaleza, cultura, poesía, belleza, no Venezuela como un inmenso pozo petrolero a conquistar. Estamos hablando de un país y no de una factoría colonial ni un nido de ratas revolucionarias.

Un país, un pueblo que anhela y espera hoy día su merecida libertad. Ni un demente Maduro ni un desmesurado Trump fueron ni serán dueños de ti, Venezuela. Ni el servicio de inteligencia cubano que ha infiltrado y domina tus fuerzas armadas. A esa patria nadie puede robarle impunemente su libertad y los que pasarán a la Historia no serán ni los iluminados revolucionarios ni los mercachifles que creen que Venezuela es su rehén o su colonia.

Maldigo a los caudillos de derecha o izquierda que te han maltratado, patria de ríos y selvas sagradas, de esos nombres que Neruda repite como mantra: “en Chiriguare / en Urucure, / en Coro, en Bucaral, / en Moroturo, / en todas las regiones de Venezuela desgranada/ no recogí sino este, / este tesoro: / las semillas ardientes de esos nombres / que sembraré en la tierra mía, lejos”.

Venezuela, eres un libro abierto lleno de nombres propios, de olores, colores, miradas, palabras y semillas. Quien lo sepa leer con amor, le devolverá lo que le falta para ser otra vez país: la libertad. Sí, Venezuela, no necesitas dólares ni petrodólares ni banderas rojas ni gritos, ni amenazas; lo que te falta es tu propia libertad, esa que no se vende ni se compra ni se transa. Vas a reencontrarte con ella, como dos amantes vuelven a verse y abrazarse, llorando, después de tantos años de distancia.

Por eso en esta hora de expectativa y espera, que nadie juegue con la esperanza de un pueblo sufrido que añora el fluir puro del Orinoco y el canto del Turpial.

Nadie es dueña de ti, Venezuela, ni los chavistas ni los trumpistas; tuya es tu libertad y a ella vuelas o hacia ella caminas. Esa libertad es tuya, nadie te la regalará, tú te la ganaste en las calles, en el exilio, en las cárceles, en largas noches de pena y nostalgia.

Todo lo que sé de ti, Venezuela, me llena de orgullo y admiración y esperanza. Tu hora tendrá que llegar, a pesar de los demonios, a pesar de la mentira: que te respeten los poderosos, que nadie se sienta dueño de tu alma. Tu alma es tu tesoro, y tu más poderosa arma y por ella vale la pena seguir luchando todavía, hasta que tu nombre sin mancilla, libre de oprobio y mentiras se escuche vibrar por toda América. ¡Venezuela libre, sí, tú, Venezuela!

Te saluda desde el sur del mundo

Cristián Warnken