“Todavía existo”: el libro que reconstruye la vida de Matilde Pérez, la artista que puso en movimiento el arte chileno
La periodista Sabine Drysdale reconstruye en una nueva biografía la vida de una de las figuras más rupturistas del arte chileno. Pionera del arte cinético y el op art en América Latina, Matilde Pérez desafió las convenciones artísticas de su tiempo, encontró en París el lenguaje que buscaba y pasó buena parte de su carrera lejos del reconocimiento que alcanzaría en sus últimos años.
A los cinco años, Matilde Pérez ya había tomado una decisión: sería pintora. Faltaban décadas para que conociera París, experimentara con luces y motores o transformara líneas y colores en obras que parecían moverse frente a los ojos. Pero aquella certeza infantil permaneció.
Su historia es la que reconstruye la periodista Sabine Drysdale en Todavía existo. Una vida de Matilde Pérez, biografía publicada por Ediciones UDP dentro de la colección Vidas Ajenas.
Matilde Pérez: la vida y obra de una pionera que transformó el arte chileno
A partir de archivos, artículos de prensa y entrevistas con familiares y amigos, el libro recorre la trayectoria personal y artística de una mujer que terminó convertida en referente del arte cinético latinoamericano.
Pérez nació en Santiago en 1916. Su madre murió después del parto y parte de su infancia transcurrió entre enfermedades, soledad y temporadas en el campo.
Años después, en 1939, ingresó a la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de Chile, donde estudió con maestros como Pablo Burchard y Laureano Guevara. Más tarde fue ayudante y profesora.
París y el descubrimiento del movimiento
Sus primeras obras estuvieron ligadas a una pintura más tradicional, pero progresivamente comenzó a acercarse a la abstracción geométrica. El quiebre definitivo ocurrió en 1960, cuando viajó becada a París.
Allí encontró una escena artística que experimentaba con aquello que terminaría por definir su trabajo: el movimiento, la geometría, la percepción y la relación entre arte y tecnología.
Conoció el trabajo de Victor Vasarely, figura fundamental del op art, y se acercó a las experiencias de artistas como Julio Le Parc.
El viaje también implicó una decisión personal difícil. Dejó en Chile a su hijo de ocho años. Décadas después, al recordar esa determinación, explicó: “Dejé todo. ¿Y qué quiere que haga uno? ¿Que se muera en vida?”.
Cuando regresó a Chile traía consigo un lenguaje distinto. Dejó progresivamente la pintura convencional y comenzó a experimentar con efectos ópticos, formas geométricas, luces, motores y circuitos eléctricos. Sobre aquella transformación diría años más tarde: “No me equivoqué”.
Una pionera que Chile tardó en reconocer
La escena artística chilena, sin embargo, no siempre comprendió su propuesta. Pérez desarrolló buena parte de su búsqueda desde una posición solitaria, mientras el arte cinético ganaba espacios en Europa y otros países de América Latina.
En 1969 impulsó el Grupo Cinético de Chile y continuó explorando las posibilidades del movimiento. Su trabajo también salió de las galerías y llegó al espacio público.
Uno de sus proyectos más recordados fue el enorme friso realizado en 1982 para el centro comercial Apumanque, de cerca de 80 metros, trasladado décadas después a la Universidad de Talca.
Su aporte estuvo precisamente en cuestionar la idea de la pintura como una superficie inmóvil. A través del color, las líneas, las formas y posteriormente mecanismos eléctricos, buscó provocar movimiento real o aparente y convertir al espectador en parte de la experiencia.
“Si no hay movimiento no existe vida, si no hay vida no hay acción”, explicó en una entrevista con Artishock en 2012.
El reconocimiento tardío de una artista que nunca dejó de crear
El reconocimiento más amplio llegó tarde. Su obra alcanzó mayor visibilidad internacional y, ya en sus últimos años, nuevas generaciones comenzaron a situarla como una de las precursoras de la experimentación óptica y cinética en América Latina.
Pérez siguió trabajando hasta una edad avanzada. Cuando a los 95 años le preguntaron si todavía lo hacía, respondió: “Sí pues, si es mi vida”. Y cuando quisieron saber cuál era su obra favorita, contestó: “La que no he hecho todavía”.
Murió en 2014, a los 97 años.
Ahora su vida vuelve bajo un título que resume también la persistencia que atravesó su carrera: Todavía existo.
La biografía de Drysdale recupera a una artista que pasó décadas investigando cómo representar el movimiento, mientras el reconocimiento a su propia obra avanzaba, paradójicamente, con mucha mayor lentitud.