Nacional

Centenarios

La próxima crisis de Chile será la vejez. En 2046, habrá cerca de 34 mil personas con más de cien años. ¿Está el país preparado para ellos?

Por Rafaela Lahore

Jueves 14 de junio de 2018

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—No alcanzo a pasar los 100 años —dice Mercedes León, convencida. Lleva un chaleco verde, un pañuelo de rosas y un collar de perlas.

Gastón Jara, su hijo menor, se ríe. Sabe que su madre, Mercedes, que ahora está sentada al lado de la ventana, entre las plantas de su departamento en Santiago Centro, nació en Villaseca, en Buin, hace ya 103 años. Hoy tiene el pelo blanco, la cara surcada por arrugas y sus manos sobre un andador. ¿Qué tiene ella de diferente? ¿Por qué su cuerpo pudo resistir un siglo?

—Creo que hay que pasarlo bien nomás —responde y se ríe, coqueta—. Si duras tanto es porque has comido bien y has vivido bien.

Llegar a su edad todavía es una excepción, pero pronto dejará de serlo: la cantidad de centenarios chilenos está creciendo de forma exponencial. Si en 1986 había 278 personas de más de un siglo, hoy hay 4.770 y, según la Cepal, en 2046 serán más de 34 mil. Es decir, 122 veces más en apenas seis décadas. También está creciendo la cantidad de supercentenarios —los mayores de 110 años— que en Chile tienen como caso más célebre a Celino Villanueva, el hombre más longevo del país, que falleció este año en la Región de Los Ríos con, se cree, 121 años.

Los centenarios suelen vivir en ciertas comunas: Las Condes, Providencia y Maipú, en la Región Metropolitana, y en Viña del Mar, en la de Valparaíso. Además, suelen ser mujeres.

Mercedes León en 1920.

Una vida que dura un siglo puede contener varias vidas. La primera vida de Mercedes León fue como la de la mayoría de las mujeres de su época: crio a sus tres hijos, fue ama de casa. A los 61 años quedó viuda. Entonces, dice, se dio cuenta de que todavía le quedaba mucho por vivir, aunque no imaginaba cuánto. Empezó a salir con amigas, a hacer talleres de cerámica, de guitarra y cueca. A pintar y hacer gimnasia. Ahora, los años, los dolores en las rodillas, dejaron eso atrás.

—Mi vida es como la de todas las viejas, que mira y recuerda lo que tuvo, si otra no nos queda —dice.

Cada día, el pasado la llama, y se pone a recordar entre las reliquias del departamento donde vive hace treinta años, entre fotografías en blanco y negro, espejos antiguos, muebles tallados que llevan décadas pasando de casa en casa. Mercedes habla de lo que fue alguna vez y busca con la mirada a su gata por detrás de los muebles, aunque no la encuentra.  Dice que tiene tres o cuatro años. Su hijo la corrige: tiene ocho.

—¿Tanto? Ay… cómo pasa el tiempo —dice, dándose cuenta de lo inevitable: que el tiempo siempre ha corrido más rápido que ella.

El misterio de envejecer

—Hay investigadores que proponen que los humanos podríamos llegar a vivir mil años —dice Christian González-Billault, director del Centro de Gerociencia, Salud Mental y Metabolismo (GERO)—. Pero el desafío para nosotros no es extender la vida innecesariamente, sino los años de vida sana.

Es el mediodía de un martes invernal, y González-Billault, de 49 años y doctor en biología celular y molecular, está sentado frente a su escritorio en el campus Juan Gómez Millas de la Universidad de Chile. Detrás de él hay un pizarrón con anotaciones incomprensibles —gráficos, cifras, esquemas—, y a su alrededor montañas de revistas científicas, hojas amontonadas, carpetas y archivadores. En ellos ha intentado encontrar pistas para responder a una de las grandes preguntas sobre el ser humano: ¿cómo funciona el envejecimiento y cómo se podría retrasar?

En el centro GERO conocen bien el impacto que la vejez podría tener en el Chile del futuro. González-Billault cree que el sistema político está preocupado por el tema, pero que las soluciones no avanzan con la misma velocidad que el problema. A futuro, tener un costo de vida alto, pensiones insuficientes como las actuales y un sistema de salud sobreexigido será un enorme problema para el país.

—Es la peor ecuación posible para hacernos cargo de una gran cantidad de compatriotas que van a ser mayores de 65 años. Eso va a generar una carga económica que va a impactar directamente sobre el crecimiento del país.

Christian González-Billault en el laboratorio de biología del envejecimiento. 

En los laboratorios del centro —financiando por el Estado, al tratarse de un área prioritaria— decenas de investigadores de distintas especialidades estudian, sobre todo, una cosa: por qué la edad genera enfermedades cerebrales como el alzheimer, el parkinson o la ELA. Saben que estas se activan con el tiempo y que los chilenos, que tienen el promedio de vida más alto en América después de Canadá (79 años) tienen una mayor probabilidad de sufrirlas.

Calidad de vida

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En los próximos años, ¿qué políticas protegerán a los adultos mayores?

Para entender mejor por qué se generan, están haciendo un gran estudio multidisciplinario que sigue los pasos de 300 chilenos mayores de 70 años. Durante tres años analizarán su genética, su estilo de vida, su situación económica y su actividad cerebral, entre otras variables. Estos investigadores tienen una misión inédita en nuestro país: descubrir si existe una forma distinta de envejecer en Chile. Entender si hay algo que diferencia los centenarios de aquí del resto del mundo.  

La velocidad de un siglo

Detrás de Celia Catton, de 107 años, hay una caminadora. A ella se sube en las tardes para dar doscientos pasos, ciento cincuenta, cien. Le gusta moverse, aunque su cuerpo cada vez es más débil. Está sentada en un sillón de su casa en Las Condes, tapada con una manta de lana gruesa y otra más delicada, con motivos florales. Lleva el pelo corto, gris, y un audífono para poder oír. Las tardes suelen pasar así, lentas, mientras conversa con su hija, con quien vive desde hace ocho años.

Catton vivió en Argentina hasta los 92 años. Su hija Marcela Masson, de 77 años, se casó con un chileno y se mudó a Santiago hace ya seis décadas. Desde entonces, estuvo pendiente de su madre que del otro lado de la cordillera se negaba a vivir encerrada entre cuatro paredes.

—Yo la llamaba de noche a su departamento, donde vivía sola, y no contestaba. A mí me daba pavor. Después me enteraba de que se iba con una amiga, que tenía 96 años, a tomar una cerveza.

Catton siempre estuvo convencida de que podía vivir bien a pesar de los años. O quizás, simplemente no los notaba.

—Me parece que tengo sesenta años. Vivo mucho en mi niñez, ni me doy cuenta de que estoy vieja. El otro día me preguntaba: ¿quién tenía 107 años? ¡Hasta que me di cuenta de que era yo! Los años se pasan rápido, rápido.

Cinco generaciones reunidas. Celia Catton, en el medio, a sus 107 años. 

Si bien Catton ha perdido en parte la memoria a corto plazo debido a su edad, no ha sufrido ninguna patología degenerativa. Por eso, vive una vida sin grandes problemas. Una de las preocupaciones de los investigadores es qué cantidad de centenarios podrán tener un estilo de vida saludable como ella. Gonzalez-Billault sabe que el impacto de una enfermedad neurodegenerativa es además de social, económico. Para calcularlo, en GERO hicieron un estudio donde descubrieron que el costo para una familia chilena de mantener un enfermo con Alzheimer es cercano a los 600 mil pesos mensuales, es decir, más del doble que la pensión promedio (223.000 pesos).

¿Pero existe una forma de envejecer de forma saludable? El biólogo aclara que los genes son responsables del 25% de la manera en que envejecemos y el otro 75% de los estilos de vida, que incluyen una buena alimentación, ejercicio regular y buen descanso.

—Es un dato del que la gente no es muy consciente: nosotros tenemos el control sobre cómo podemos envejecer —dice.

Celia Catton podría considerarse un ejemplo de vejez saludable. A los 93 años aún manejaba. A los 102 hizo su último viaje por Europa. Poco después dejó de andar en bicicleta. A los 106 todavía leía novelas románticas. Ahora, que está un poco sorda y un poco ciega, sus días han perdido la vitalidad de antes. La mayor parte de sus horas transcurren en un sillón o en una cama. Es allí donde vuelven a su mente las mismas imágenes, los recuerdos de sus primeros años: cuando paseaba con su abuela en tranvía por Buenos Aires. O cuando la llevaba al hipódromo y la montaba en un caballo para que viera el mundo desde su altura. 

—Todas las edades tienen algo bueno —dice, ya lejos de esa época—. En esta es poder recordar la vida. A dónde fui, con quién estuve.

—¿Pero qué dirías que es lo malo de esta edad? —le pregunta su hija, hablándole al oído para que pueda escucharla.

—No tiene nada de malo —le contesta Celia.

—Pero, por ejemplo, ahora no podés leer.

—Bueno, querida. ¡Siempre puedo recordar lo que leí!

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