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La escuela de los que sobran

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POR Rafaela Lahore |

Al menos un tercio de los alumnos de la escuela Novomar de Puente Alto ha sido expulsado de otros colegios. Por eso, su tarea es titánica: educar a los alumnos más vulnerables del sistema.

Alexandra Páez, coordinadora de convivencia escolar de la Escuela Novomar de Puente Alto, abre una planilla con nombres en su computador. La asistente social, de 35 años, oriunda de La Pintana, está en su pequeña oficina de paredes verdes en las que ella misma pintó un mandala gigante. Allí repasa, casi al azar, las historias de algunos niños de la escuela.

Detrás de cada nombre hay una larga historia. La mayor parte de ellos ha sido víctima de abuso o son hijos de microtraficantes o de consumidores de drogas. A veces, dice, ellos mismos son consumidores. Otros tienen padres presos o que han fallecido. Eso, cuenta Páez a cargo del área de protección de derechos—, les ha servido para contar con el apoyo de los vecinos, pero al mismo tiempo los ha estigmatizado: algunos la llaman “la escuela de los exreclusos”.

Novomar es una de las más vulnerables de la comuna. La mayoría de los niños proviene de la población Bajos de Mena y de El Castillo, en La Pintana. Páez conoce las cifras mejor que nadie: un 43% de los niños tiene rezago escolar de dos años, en promedio y el 39% está institucionalizado en programas del Sename o es parte de algún proceso judicial por vulneración de derechos.  

Después de leer los datos, despega los ojos de la pantalla y pregunta:

¿Se puede tener un buen Simce con un cuarto básico así?

Los últimos resultados de la prueba estandarizada han sido deficientes y en parte se explican, dice Páez, por el espíritu de la escuela: reciben a todos los alumnos que han sido expulsados de otros colegios por mala conducta, por deficiencias cognitivas o por un alto rezago educativo. En Novomar han decidido hacerse cargo, a fin de cuentas, de los alumnos que ningún otro colegio ha sabido cómo educar.

J. y B., hermanos de 15 y 13 años, son dos de los 200 alumnos que, después de rebotar en otros centros, han llegado a Novomar buscando una nueva oportunidad. Su madre sabe que ella ha sido responsable del retraso educativo de sus hijos.

Bajo mi irresponsabilidad ellos perdieron unos dos años de colegio dice sentada en la biblioteca de la escuela—. Los mandaba la primera mitad del año y después de las vacaciones de invierno no los mandaba más. Entonces repetían ese curso.

¿Por qué no los enviabas?

Porque tenía un problema. Soy alcohólica y drogadicta, ahora en recuperación.

Debido a la diferencia de edad con sus compañeros, el colegio le planteó que no podían seguir allí. Fue entonces cuando una conocida le habló de Novomar.

Cuando entraron aquí igual faltaban —dice. Venían dos días, tres días no. Hubiera sido fácil como colegio pedirles que abandonaran, pero a pesar de eso averiguaron el porqué y no alejaron a los chiquillos. Al contrario, los acercaron más.

Los guetos escolares

En un extremo del pizarrón está escrita la fecha: 22 de noviembre. Enfrente, los niños de tercero básico —de entre nueve y 12 años recortan papeles de colores. Uno de ellos se distrae: se pone una máscara de calavera. A su costado, otro niño saca una pistola de juguete de su mochila y apunta. Viviana Jofré, su profesora de 53 años, es una de más antiguas de la escuela: lleva ocho años dando clase allí. La clave, dice, es ser fuerte, pero flexible. Solo así puede sacar adelante un grupo de 20 niños que, para ella, tienen la inquietud de 40.

Cada uno vale por dos dice en el salón vacío, luego de que los niños se han ido.

Por eso, asegura, hay que mantenerlos todo el tiempo trabajando. O jugando, pero siempre haciendo algo. Lo más difícil es trabajar con ellos después de las vacaciones o de los fines de semana, porque cuando están mucho tiempo en sus casas, dice, son más vulnerables a la violencia de su entorno. En un contexto tan difícil, el trabajo termina siendo social más que pedagógico: Jofré les debe enseñar, sobre todo, a dejar afuera de la clase los problemas que arrastran desde su casa.

Jamás he trabajado para Simce. Trabajo para las necesidades de ellos. Mi objetivo para este año es que pasen a cuarto todos leyendo y escribiendo.

Un 43% de los niños de la escuela tienen rezago escolar. Crédito: Escuela Novomar. 

Si los niños faltan algo muy habitual—, ella prepara las tareas para que las hagan en casa. En su escritorio, de hecho, hay papeles con nombres de varios alumnos ausentes. Mientras habla en la clase vacía, un hombre de 20 años entra a saludarla. Es un exalumno, que tuvo una infancia difícil, y que le cuenta que ahora está trabajando. Antes de irse, se dan un abrazo largo. Ella se emociona. Dice después que por momentos como ese su trabajo vale la pena.

En el piso de arriba, Hugolino González, el sostenedor de la escuela, trabaja en su oficina. Cuenta que han decidido flexibilizarse al máximo para que ningún alumno quede fuera. Cuando una niña de octavo con problemas de drogadicción trató de vender drogas en el colegio, le pidieron que trabajara desde su casa. Cuando un estudiante consumidor se ausentó durante semanas por estar en rehabilitación, lo dejaron continuar a pesar de las faltas. Lo mismo pasó cuando otro cayó tres meses preso por un robo. Sin embargo, también han perdido algunas batallas: por ejemplo, no han sido capaces de trabajar con niños con enfermedades mentales no tratadas, como esquizofrenia o trastornos sicóticos.

—El sistema educativo nos estigmatizó como la escuela de los “niños problema” —dice—. Todos los alumnos que disminuían la performance competitiva de las escuelas nos empezaron a llegar a nosotros. A mí me da bronca porque, en definitiva, hemos tratado de hacer una tarea que otros no han querido.

Para mantener por más tiempo a estos niños en el sistema, está desarrollando un nuevo modelo educativo. Lo ha llamado Escuela Nómada y está basado en proyectos de aula, así como en el trabajo conjunto con talleristas y la comunidad. González, periodista de profesión, dice que el modelo busca aplicar la “justicia restaurativa” a lo educativo, es decir, centrarse en la reparación, y dejar atrás la dinámica de estímulos y castigos. En el pasado, Novomar ya ha intentado desplegar proyectos en esta línea. Durante 2009 y 2010 realizaron “círculos de paz”, instancias de resolución de conflictos entre estudiantes, que incluía a sus familias. Además, han decidido no tener inspectores para apostar por una educación menos punitiva y más horizontal. 

—Nos transformamos en una escuela de transición —dice González—. Mejoramos la expectativa de la familia, porque cuando el cabro empieza a funcionar la mamá nos dice “no tengo nada contra la escuela, pero me lo quiero llevar a otra con menos niños malos”. Por lo tanto, somos buenos reteniendo a potenciales desertores, pero malos evitando la fuga de, entre comillas, los buenos alumnos.

Durante 2016, la escuela estuvo a punto de cerrar por falta de matrícula. La situación financiera, comenta González, aún es delicada. A eso se le suma otro inconveniente: según la Ley de Aseguramiento de la Calidad, si los resultados de Simce de la escuela no mejoran, podría cerrar.

Eso todavía se está estudiando —dice Bárbara Soto, Seremi Metropolitana de Educación. Estamos tratando de llegar al equilibrio y trabajar para que la convivencia escolar también sea un índice que podamos medir. Estamos preparando un nuevo modelo para sacarlos de la insuficiencia y esperamos que ningún colegio tenga que cerrar por eso.

Chile tiene una de las tasas más altas de segregación escolar, tanto entre los países que participan de las pruebas PISA como entre los miembros de la OCDE. Las escuelas hipersegregadas como Novomar, sin embargo, reciben argumentos a favor y en contra. Por un lado, son conocidas como “guetos escolares”, ya que se producen cuando el sistema ha perdido diversidad y no ha sido capaz de incluir a los alumnos con más dificultades. En su defensa se asegura que, al tener generalmente menos alumnos, pueden focalizarse mejor en cada niño.

Creo que ambas perspectivas tienen algo de verdad dice Mario Aguilar, presidente del Colegio de Profesores. Estas escuelas representan la segregación más extrema, pero también cumplen una función muy relevante en términos educativos, porque atienden especialmente a los estudiantes que ninguna otra escuela quiere atender.

Chile tiene una de las tasas más altas de segregación escolar,
Chile tiene una de las tasas más altas de segregación escolar. Crédito: Escuela Novomar.

Algunas escuelas de Puente Alto no han podido atender a D., hoy alumno de octavo básico, que está por cumplir 17 años. En la biblioteca del colegio, su madre saca papeles de una carpeta. En ella guarda informes de notas y certificados de sicólogos y neurólogos que han visto a su hijo durante años. En esos papeles ha intentado buscar una respuesta. Ha tratado de entender por qué desde los cinco años su hijo ha tenido problemas graves de conducta y de aprendizaje.

De los cinco a los 15 años lo han tratado con medicamentos para controlar su hiperactividad, pero a pesar de eso la primera época en Novomar, dice su madre, fue complicada por sus problemas para controlar la ira. Eso le ganó un apodo entre sus compañeros: Hulk. Si en la escuela todo se ponía negro, en la casa de D., la situación no era mejor. Su padre, trabajador de la construcción, tenía problemas de consumo de drogas.

En las escuelas te hacen ver que lo que no funcionó fue el niño y fuiste tú, pero como mamá yo estoy en todas. A mí no me pueden decir que no estuve.

Cuando D. estaba en quinto básico, su madre hizo un pedido insólito. Como su hijo no quería hacer las tareas, se sentó durante casi un mes junto a él a clase. Desde esa época, D. ha ido mejorando su conducta y su rendimiento, y ha participado de talleres de graffiti, de hip hop y de batucada que imparte la escuela. Hoy en día, incluso, se ha convertido en un líder entre sus compañeros. La flexibilidad para integrar a su hijo es lo que ha hecho que su madre siga prefiriendo este colegio. Sabe que en otro, quizás, su hijo pasaría suspendido. El próximo año D. comenzará educación media y el desafío no será fácil: deberá encontrar otro colegio que, como Novomar, se pueda adaptar a él.

Mire la presentación de este tema en Primera Pauta: