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El cuento de la princesa Kaguya: adiós al otro grande del Studio Ghibli

Se estrena en cines chilenos la película -nominada al Oscar- de Isao Takahata, quien junto con Hayao Miyazaki fundó el famoso estudio de animación.

El cuento de la princesa Kaguya

Por Isabel Plant

Jueves 2 de agosto de 2018

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El año 1988 fue el de la consagración del Studio Ghibli, la gran casa de animación japonesa, ante los ojos del mundo. La fábrica de películas había sido fundada tres años antes, y ya había sorprendido con su primer largometraje, El castillo en el cielo, haciendo de su director y guionista Hayao Miyazaki uno de los nombres más interesantes en animación, no sólo japonesa o asiática, sino que también en Occidente. Ese mismo año el mismo Miyazaki presentó al mundo Mi vecino Totoro, la historia de un espíritu del bosque que se amiga con una familia japonesa de posguerra. Fue un hit mundial, y sus imágenes no sólo son hoy conocidas globalmente, sino que Totoro se encuentra tatuado en la piel de fanáticos de todo el mundo y de toda edad. El Studio Ghibli pasaría a ser conocido por sus maravillosas historias mezcla de fantasía, emotividad y tradición, con otros éxitos como La princesa Mononoke y El viaje de Chihiro. Miyazaki se convirtió en una figura reverenciada en el mundo del cine, donde es considerado un autor del nivel de los más grandes directores y creadores del siglo XX.

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Pero Mi vecino Totoro fue sólo una de dos películas estrenadas ese 1988 por Studio Ghibli. La otra, quizás menos conocida popularmente pero igualmente alabada, era más oscura y más dura, pero fascinante: La tumba de las luciérnagas contaba la historia de dos hermanos que intentan sobrevivir entre las últimas bombas que caen en Japón durante la Segunda Guerra Mundial. Es dura, adulta, y es considerada una joya del animé que le compite a cualquier cinta premiada que hable de la guerra. Fue dirigida y escrita por el otro socio de Ghibli, el más desconocido pero igualmente fundamental, llamado Isao Takahata.

Takahata y Miyazaki se conocieron a fines de los años 50, en la parada del bus. Takahata tenía 27 y  Miyazaki 22 años, y ambos trabajan en el estudio Toei Animation. Ahí Takahata, que no era dibujante, ya había dirigido una serie mientras Miyazaki comenzaba como animador de secuencias menores, en producciones apuntadas al público infantil. La dupla trabó rápida amistad, y compartían el interés por crear animaciones de narrativa más ambiciosa y apuntando más allá del público infantil. Terminaron partiendo y uniéndose a otros estudios, donde durante los años 70 participaron de las adaptaciones de historias como Heidi a la animación. Hasta que la habilidad y creatividad de Miyazaki comenzó a llamar la atención, y la dupla pudo en los 80 crear su estudio propio: Ghibli. Serían socios hasta la muerte de Takahata, en abril pasado, por un cáncer al pulmón a los 82 años.

Las películas de Takahata, si bien menos conocidas dentro del catálogo de Ghibli, son alabadas por sus ambiciosas temáticas. En total fueron cinco largometrajes que se movían dentro de la exploración de la memoria adulta, a la ecología, a la vida familiar japonesa, y que tenían innovadoras visualidades.

La última película fue su otro gran éxito, estrenada en 2013 tras una década de trabajo: El cuento de la Princesa Kaguya, que terminó siendo nominada al Oscar en mejor película animada. Las animaciones de la cinta parecen hechas en pergamino con un pincel, con una delicadeza asombrosa y bajo el estilo tradicional Yamato-e. La historia está inspirada en un cuento clásico de Japón, donde un matrimonio anciano encuentra a una niña en la planta de bambú. Esta crece hermosa, pero aumenta la interrogante de dónde viene realmente. La película será presentada en cines por primera vez en Chile el lunes 6 de agosto, en algunas salas de Cinemark Chile; ha tenido tanto éxito su preventa que se añadieron funciones para el martes 7.

Takahata fue el menor de siete hermanos nacidos en la prefectura de Mie, y que a los nueve años sobrevivió un ataque aéreo de Estados Unidos en la ciudad de Okayama. Estudió literatura francesa en la universidad antes de lanzarse a la animación. Todos esos datos biográficos, desde haber sido testigo de la dureza de la guerra a la exploración sensible en la adultez, forjaron su arte. Sus películas, incluso aquellas con algo de fantasía, se esfuerzan en ser realistas. Y, por sobre todo, en ser humanas. Quizás sea el nombre menos conocido de Ghibli, pero algunas de sus películas se encuentran entre lo mejor del cine -animado o no- japonés de la historia.

 

* Se pueden comprar entradas para las funciones de El cuento de la princesa Kaguya aquí.  

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