Opinión de Fernando A. Tapia

UC versus ULC

En Unión La Calera, el "modelo de negocio que prima es la constante compra y venta de jugadores y entrenadores", critica Fernando Agustín Tapia en su primera columna en PAUTA. "Mientras esta temporada en ULC es imposible nombrar a algún juvenil, en la Católica sobran nombres".

UC versus Unión La Calera en 2020. Créditos: Agencia Uno

Agencia Uno (archivo)

Por Fernando A. Tapia

Miércoles 10 de febrero de 2021

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Escribo antes del decisivo partido entre Universidad Católica y Unión La Calera en San Carlos de Apoquindo. Un empate le basta al equipo cruzado para consagrarse una vez más campeón del fútbol chileno. Carrera corrida, a mi juicio. En rigor, la UC no debió esperar tanto para alcanzar un histórico tricampeonato, pero las ausencias por lesiones, suspensiones y un par de ventas a mitad del torneo han prolongado el merecido festejo.

El destino quiso que la definición de la temporada la terminen protagonizando dos instituciones con proyectos deportivos muy distintos. Legítimos ambos, pero en el caso de la Católica con un valor agregado que sugiere que no solo sus hinchas estén satisfechos con su éxito en cancha. Nada en particular en contra de los seguidores de Unión La Calera y en general de los habitantes de la ciudad cementera que probablemente en su mayoría no cuestionan el cómo, sino que simplemente observan los sucesivos logros que su equipo ha ido alcanzando, con dos clasificaciones consecutivas a la Copa Sudamericana -2018 y 2019-, ahora a la Libertadores del 2021, y luchando hasta el final por un primer título en la primera división profesional. ¿Quién es uno para cuestionar la lógica alegría y el entusiasmo que estas campañas provocan en los hinchas caleranos? No planteo aquí el indesmentible mérito de un plantel y su cuerpo técnico al dar batalla con uno de los tres grandes del fútbol chileno. El problema es lo que representa su proyecto deportivo, y quién está detrás.

Hoy Unión La Calera es uno de los satélites del poderoso empresario argentino Christian Bragarnik, quien en sociedad con sus compatriotas Ricardo y Sebastián Pini han replicado en el equipo un modelo de negocio donde lo que prima es la constante compra y venta de jugadores y entrenadores. Es más, del plantel de 2018 solo sobreviven dos futbolistas: Thomas Rodríguez –con un paso el 2019 por el Genova- y Yonathan Andía. Año a año el club es expuesto a una casi completa renovación, recurriendo a la generosa bolsa de trabajo de Bragarnik. Los hinchas no alcanzan a encariñarse con alguno de sus futbolistas, haciendo casi imposible el surgimiento de ídolos o referentes. El negocio no puede esperar.

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Las figuras del momento apenas se ven por la ciudad, ya que muchos de ellos optan por vivir en Concón, allí cerca del mar, donde además funciona el centro de entrenamiento, alejando la posibilidad de esa rica comunicación deportista-hincha del que siempre se han jactado los equipos de regiones, tan lejos de la frialdad de la capital. Ello, sin contar el cambio de la insignia decidida por los actuales dueños sin consulta con los socios.

Más grave aún, el fútbol formativo ha quedado casi de adorno. Así, por ejemplo, esta temporada ningún jugador de la cantera calerana sumó más de un partido en las 32 fechas disputadas. ¿Para qué? Si el negocio es la vitrina para los jugadores que se compran a bajo precio y se pueden vender con varios ceros agregados. Gracias a la red de esos empresarios, Unión La Calera tiene un plantel poderoso, avaluado según el sitio Transfermarkt en casi 11 millones de euros. No muy lejano a los poco más de 12 millones de euros que según el mismo sitio costaría el plantel de la UC. Pero con una gran diferencia, y es el cómo.

Lo de la Universidad Católica se sostiene precisamente en el trabajo de sus divisiones inferiores, transformándose en uno de las principales fuentes de aporte al desarrollo del fútbol chileno. Detrás del título de la UC hay ya más de una década de trabajo serio y responsable. Con una política clara en la que además la identificación de sus ídolos con sus hinchas es innegociable. Mientras esta temporada en ULC es imposible nombrar a algún juvenil, en la Católica sobran nombres: Carlos Salomón, Marcelino Núñez, César Munder, Clemente Montes, Gonzalo Tapia, Alexander Aravena y Diego Valencia fueron protagonistas en más de un partido. Ello, sin contar varios más regados en distintos equipos en calidad de préstamo. Que una institución que junto a esto exhibe finanzas sanas y que además ya anunció la remodelación de su estadio para dejarlo con estándares internacionales, se valide con un nuevo título, debiese ser una buena noticia para el observador objetivo al que sí le preocupa que los buenos ejemplos se repliquen en otros clubes del país.

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