Opinión

La columna de Fernando Tapia: “El Mundial de Infantino”

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POR Equipo Radio Pauta |

En su columna, Fernando Tapia reflexiona en torno a la labor de Gianni Infantino como cabeza del Mundial 2026. “Tras una década del escándalo que azotó el fútbol, Infantino simplemente ha restaurado un viejo orden (…) en el que el pudor ya no existe”.

Cumplida la primera semana del Mundial de Fútbol el Presidente de la FIFA, Gianni Infantino, comienza a sacar sus cálculos. En juego está su reelección en el cargo en las elecciones del próximo año, en el que aspira a prolongar su estadía a la cabeza de uno de los organismos que concentra mayor poder en el planeta, además de un salario calculado por fuentes extraoficiales en casi cinco millones de dólares anuales.

La deportación del árbitro somalí, Omar Artan, por parte de las autoridades de Estados Unidos, así como el trato indigno de algunas delegaciones, especialmente con la Selección Iraní, que ha tenido que aceptar a regañadientes competir en desigualad de condiciones, han sido el principal foco de críticas para la principal autoridad del fútbol mundial.

Estos hechos, que ponen en tela de juicio el eslogan de una fiesta universal e inclusiva, son los que en verdad pueden hacer tambalear los apoyos políticos comprometidos antes de la Copa del Mundo, ya que en los hechos ha quedado expuesto al descarado sometimiento con Donald Trump, líder del país que concentra la mayor cantidad de partidos en el torneo.

No nos debe extrañar la cercanía de Infantino con el presidente de Estados Unidos. Lo mismo hizo antes con Putin, cuando Rusia organizó la Copa de 2018, y con el Emir de Qatar, para el Mundial de 2022. La FIFA es una organización oficialista, siempre está del lado del poder, sean democracias o dictaduras, monarquías o autocracias. Lo que ha pasado en este caso es que la cúpula del fútbol está saldando una vieja deuda, y asegurando un límite para las investigaciones aún vigentes del Fifagate.

De hecho, este Mundial es el primero en propiedad bajo la responsabilidad de Infantino, porque los dos anteriores fueron designados bajo la presidencia de Joseph Blatter, el dirigente que cayó en desgracia luego de que estallara el mega caso por corrupción en el fútbol, investigación encabezada por el FBI —que derrumbó el poder de la FIFA—,  e iniciada coincidentemente luego de que Estados Unidos perdiera la sede del Mundial de 2022, con graves sospechas sobornos en la votación del comité ejecutivo.

Nada es el azar. Después de esto, la nación hoy gobernada por Trump ha sido sede de varios eventos del fútbol, como la Copa América y el campeonato Mundial de Clubes, siguiendo con la Copa del Mundo de este año.

La polémica por el desorbitante precio de las entradas se ha ido apagando con los días. Las tarifas dinámicas implementadas por la FIFA, que elevó el costo de los tickets a niveles imposibles para los bolsillos medios, ha sido un eficiente método para arrebatarle el negocio a los revendedores y al mercado negro. Ahora, las ganancias del sobreprecio quedan en las cuentas del organismo, aunque, y esto es lo grave, no se ha terminado con el abuso con los hinchas, los que impulsados por la pasión, igual han llenado los estadios, seguramente en muchos casos asumiendo una deuda que tendrán que pagar en varios años.

Para la FIFA, al final, todo se trata de poder y dinero. Las pausas de hidratación, muy criticadas por los fanáticos y millones de espectadores, además de algunos pocos valientes jugadores y técnicos —la mayoría calla porque la FIFA cobra— son una hipócrita manera de instalar dos cortes comerciales, que multiplican los ingresos publicitarios, con la excusa de “cuidar” la salud de los futbolistas. Todos se han quejado de esta medida, que divide el partido en cuatro cuartos, menos los presidentes de Federaciones, los que entienden que el negocio hoy manda y que, si se trata de repartir más ganancias, hay que aceptar los cambios.

Infantino no ha hecho nada muy distinto a lo que antes ejecutó Joao Havelange, que instaló un sistema clientelista en la FIFA, y que luego perfeccionó Joseph Blatter hasta su caída. Tras una década del escándalo que azotó el fútbol, Infantino simplemente ha restaurado un viejo orden, pero con un rostro moderno y revolucionario, en el que el pudor ya no existe.