La columna de Fernando Tapia: “Nada es gratis”
En su columna, Fernando Tapia reflexiona en torno a la relación de Gianni Infantino con Donald Trump, a propósito del caso Balogun. “Permitir que la política entre de lleno a la cancha, amenazando abiertamente la integridad del deporte, no le saldrá gratis”, dice.
“La FIFA cruzó la línea roja”. Esta fue la frase más contundente de la declaración pública de la UEFA, la Confederación de Fútbol de Europa, luego de que el comité de apelación del organismo máximo resolviera congelar la sanción del futbolista de la selección de Estados Unidos, Folarin Balogun, expulsado con roja directa, y que lo habilitó para jugar el partido de octavos de final contra Bélgica.
Todo ocurrió luego de la intervención directa del presidente Donald Trump que exigió un inédito perdonazo con una llamada telefónica a Gianni Infantino. El escándalo manchó la transparencia del Mundial, y volvió a poner de relieve la injerencia de la política en el fútbol.
La FIFA siempre ha coqueteado con el poder, incluso sin mediar si quien lo ostenta sea un demócrata o un dictador. Eso no es extraño. Lo diferente en la relación de Infantino con Trump es la extrema cercanía que han construido, una alianza por conveniencia, donde el presidente de la FIFA se ha exhibido sometido a los caprichos del mandatario norteamericano.
Cuando se trató de negocios, y de los miles de millones de ganancias que implica para el fútbol un Mundial en Estados Unidos, Infantino se mostró hábil para sortear la crítica. Pero permitir que la política entre de lleno a la cancha, amenazando abiertamente la integridad del deporte, no le saldrá gratis.
De Trump, nada nuevo bajo el sol. Quien ha puesto en entredicho el orden mundial, socavando incluso el derecho internacional, poco le habrá importado pasar por encima de las normas del fútbol, un deporte que apenas entiende. Menos exponer a Infantino y a la FIFA, cuando se mostró en la Casa Blanca satisfecho de su gestión de salvataje del jugador de su selección, con seguridad calculando que aquello le podría sumar bonos ante la opinión pública local, a meses de las elecciones de medio mandato.
Para el mundo del fútbol el presidente de la FIFA llegó demasiado lejos, y después de este capítulo ni siquiera el éxito comercial y deportivo de la Copa del Mundo le asegura su anhelada reelección en los comicios del próximo año, donde aspira a extender su cargo hasta 2031.
En Europa ya no lo quieren más, y las esquirlas de su pusilánime actitud ante las decisiones del gobierno de Estados Unidos han provocado que incluso la voz de su antecesor en el puesto, Joseph Blatter —el mismo que cayó en desgracia por la corrupción expuesta en el Fifagate— sea nuevamente escuchada como contrapunto. Infantino ha logrado lo que parecía imposible, que el rostro de quien representa de una era oscura de la FIFA resurja desde la basura.
Pero también ha levantado el interés para tratar de entender esa extraña inclinación por satisfacer y adular a Trump. El 5 de diciembre del año pasado, en pleno sorteo del Mundial, Infantino entregó al presidente de Estados Unidos el Premio de la Paz de la FIFA, una decisión inconsulta con el consejo del organismo y sin que se informaran los criterios de selección. Fue un gesto directo de Infantino a Trump, un consuelo por justo después el Nobel de la Paz que no llegó.
Curiosamente, apenas cuatro días después, el gobierno de Washington decidió a través del Departamento de Justicia desestimar definitivamente los cargos contra los últimos acusados de alto perfil del escándalo del Fifagate. La investigación de más de una década sufrió un freno, justo después del famoso premio y seis meses antes del inicio del Mundial, sin que se pudiera desentrañar una parte de la madeja que involucra al propio presidente de la FIFA, como quedó expuesto tras la divulgación de los “Panama Papers”. Dicen que nada es gratis.