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Carta al último chileno que escribe cartas

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Imagen de Andrys Stienstra en Pixabay
POR Eduardo Olivares |

“Escribir cartas hoy es un acto de resistencia”, dice Cristián Warnken: “Es muy fácil encerrarse en un mundo autoabastecido de verdades hechas, sin jamás enfrentarse al riesgo de cruzar la vereda opuesta”.

Querido Marcelo Jarpa, Poeta del Parque:

Acuso recibo de tu carta escrita de tu puño y letra que me enviaste el 24 de enero de este año, desde tu barrio, el barrio Lastarria de Santiago. A pesar de que tu carta es una carta personal, privada, esta respuesta quiero hacerla pública –y lo hago con tu autorización–, porque me parece que compartir la alegría que significa hoy recibir una carta física pueda ser tal vez un estímulo para quienes lean esta mi respuesta a sumarse a este ejercicio escritural ya tan olvidado y en desuso. Para quienes no te conocen, Marcelo, Poeta del Parque, intentaré un muy breve esbozo de tu biografía: eres antes que nada poeta, un poeta contemplativo que celebra los mínimos acontecimientos de cada día, un paseante que convierte las hojas de otoño del Parque Forestal en delicados y transparentes versos, un transeúnte pálido (como diría tu exvecino Armando Uribe) atento a la más “mínima brisa” (así titulas uno de tus poemarios). Vistes siempre impecablemente (pero eres una especie de dandy al revés), vas puntualmente a la misa de la pequeña iglesia de la Veracruz, vives modestamente y tus versos, que a algunos pueden parecer ingenuos, en realidad son genuinos y se conectan a la gran tradición de los poetas de la claridad. Cultivas con fina precisión una transparencia hoy escasa, casi un milagro en tiempos donde abundan la confusión, lo caótico, el feísmo. Eres bombero, tallerista literario y lector impenitente. Puntual, cordial, tu sonrisa es un regalo en estos tiempos del ceño fruncido, en que abundan los mal agestados y se cultiva la crispación, el odio y la “mala leche”. Dos cosas fundamentales haces: rezas y escribes (tal vez ambas son lo mismo) con una dedicación de joyero o monje miniaturista. Y escribes cartas, como esta, preciosa, que acabo de recibir y que leo y releo con alegría. No hay alegría comparable a la de recibir una carta que alguien se dio el tiempo de escribir, sin esperar que esta se difundiera para “viralizarla”. Hay algo de gratuidad e inutilidad en el hecho de enviar cartas, valores ya casi perdidos en tiempos de la religión de lo útil y la eficacia.

Me parece que escribir cartas hoy es un acto de resistencia. Resistencia al “capitalismo del control” en que nos encontramos inmersos: ese que vigila nuestros hábitos, gustos, movimientos y nos hace creer que somos “usuarios” cuando en realidad somos “productos”, gobernados por un algoritmo que se alimenta de nosotros como un monstruo insaciable. Resistencia también a la aceleración del tiempo tan característica de nuestra modernidad previa a la pandemia (que constituyó un frenazo), pero que recuperará esa velocidad loca –y tal vez la amplifique– una vez que el virus vaya siendo controlado.

Tomar un papel, escribir a mano sobre este, darse el tiempo para llevar la carta a una oficina de correos, son gestos que proponen una “poética de la lentitud”, tan necesaria en tiempos en que todo es “fast”, desde la comida hasta la política. No hay tiempo para digerir, no hay tiempo para elaborar, procesar, aquilatar: la inmediatez ha violentado nuestra naturaleza biológica y también nuestra raíz existencial, convirtiéndonos a todos en “zombies” que nunca están de verdad presentes en sus actos. “Están presentes/ausentes”, decía Heráclito en su famoso aforismo.

La carta física, escrita a mano, es una forma de la presencia, que hay que recuperar urgentemente, porque nuestra vida se ha vuelto más fugaz de lo que ya era antes de esta “aceleración” y por lo tanto más vacua, más intrascendente, más fantasmal, diría. Y, por último, la carta física también es una forma de resistencia a la hipercomunicación agresiva, destructiva en la que estamos inmersos y que esplende con toda su intensidad en las redes sociales.

En realidad, bajo la apariencia de la hipercomunicación y la facilidad para comunicarse se esconde una incomunicación total. Nadie de verdad escucha a otro (con todo lo que implica escuchar), nadie lee de verdad lo que otro escribe (se lee mal y en nuestro país la comprensión lectora es casi nula), y es muy fácil encerrarse en un mundo autoabastecido de verdades hechas, sin jamás enfrentarse al riesgo de cruzar la vereda opuesta para encontrar a quien piensa distinto. La comunicación se ha vuelto un ejercicio narcisista, en el que se movilizan pulsiones primarias (la agresividad, en primer lugar) y no un encuentro amoroso o amistoso con otro, y la reflexividad y el pensar (que necesitan tiempo) han retrocedido ante una suerte de griterío tribal de la época de las cavernas.

Se difama, se lincha, se miente. Lenin y Hitler estarían felices en estos tiempos en que la propaganda (las verdades hechas) vale más que la verdad. De hecho, vivimos en los tiempos de la caverna. La metáfora platónica es pertinente para describir este tiempo: vemos sombras proyectarse en la pared, creyendo ver verdades; la verdad compartida ya no es posible, navegamos entre “fake news”, consignas y denostaciones. Vivimos en la caverna, nuestros comportamientos son tribales y primitivos y nos creemos ultramodernos.

Un alumno –a propósito de esto y de lo extensas que son estas cartas que escribo desde hace unos meses desde mi jardín– me hizo esta sugerencia: “Me permito decirle que trate de escribir cartas más breves, porque en la Caverna la luz es poca y el tiempo de concentración de mis compañeros cavernícolas es muy reducido”. Tal vez tenga razón, pero siempre he preferido –en mis incursiones comunicacionales– cultivar géneros que requieren extensión. Durante muchos años hice entrevistas de una hora con fondo negro, que muchos consideraban (y tal vez con razón) “un ladrillazo”. Para mí eran un rito. Como lo es escribir estas cartas semanales: me resisto a la tiranía de la brevedad, del resumen, me gusta “irme por las ramas”, tomarme el tiempo que requieren toda conversación y encuentro con el otro. Escribir cartas es también una forma de conversar: todo el que esté muy apurado es mejor que no la cultive. Lo que más necesitamos hoy es detenernos ante los demás y ante las cosas. Y tú, Marcelo Jarpa, Poeta del Parque, practicas esta deferencia, ese arte de escuchar y esperar tan necesarios en esta época de atolondramientos y precipitaciones. Celebro en ti esa “cordialidad” (término que viene de “cors”: en latín, corazón) y creo que a nuestra sociedad chilena, que se ha vuelto tan crispada y agresiva, le hace falta recuperar la cordialidad que alguna vez tuvo. Se me dirá que soy nostágico (otro hermoso término: del griego “nostoi” y “algia”, dolor del regreso). Y lo soy: cada cierto tiempo tenemos que regresar al origen, a los fundamentos, al propio hogar, a las raíces, al humanismo que perdimos, y al leer tus cartas y tus poemas tengo la impresión de un regreso, desde luego un regreso a mí mismo.

Caverna. Créditos: Pixabay

No todo es avanzar hacia al futuro, hacia el supuesto “progreso”, uno de los mitos de nuestra frágil modernidad. Apollinaire, en el poema “Zona”, que inaugura la modernidad, decía: “El europeo más moderno es usted Papa Pío X”. Yo digo: “El chileno más moderno eres tú Poeta del Parque”. Moderno de una modernidad que todavía no ha llegado y que recoge lo mejor de un Chile que ya no existe, un Chile de barrios donde todos nos saludamos por nuestro propio nombre, donde nos tomamos un café largo y moroso, donde –a pesar de todos los dolores y carencias– se cultiva la gratitud. Otra palabra fundamental: gratitud. Tú eres el campeón de la gratitud. ¿Quién da las gracias hoy día? Violeta Parra –que también cultivó el arte de escribir hermosas y dolientes y profundas cartas– creó ese himno de la gratitud que es “Gracias a la vida”, y lo hizo en un momento de profundo dolor.

¿Por qué perdimos eso?

Tal vez la lógica neoliberal que amplificó nuestro individualismo y narcisismo permeó a toda la sociedad chilena (a moros y cristianos, de izquierda y derecha). Nos hemos convertido en consumidores de tiempo, consumidores de afecto, consumidores de cine y literatura, consumidores de internet, consumidores de política y farándula (que hoy son lo mismo) y escribir cartas es un acto de resistencia a ese consumismo voraz que nos consume por dentro. Escribir cartas es un acto de gratitud. Marcelo: gracias por esta preciosa carta que te diste el tiempo de escribir y regalarme. En ella me cuentas los detalles de un episodio muy alejado en el tiempo, pero muy importante para ti: el día del lanzamiento de tu primer libro, Pan de lágrimas, en la galería Carmen Waugh, año 1988. Me compartes esa extraña sensación de soledad, vacío y al mismo tiempo alegría que se apodera del que ha publicado un libro. Te cito: “Subí las escaleras del edificio, abrí la puerta y entré a la casa. Estaba vacía, solo, sin padres, sin hermanos, sin amigos en que apoyarme. Encendí la lámpara, aunque no lloré. Pensaba en el poema de Bécquer ‘¡Dios mío, qué solos / se quedan los muertos!’ y en el de Teillier ‘Cuando todos se vayan‘. Suavemente dejé los libros en el sofá. Entonces feliz, pero con la soledad aráñándome por dentro y su veneno ardiente, me fui al Bar El Biógrafo, donde conversé con desconocidos y viajeros de la noche, tomándome una agua mineral, lleno de felicidad por haber alumbrado mi primer libro”. ¡Qué significativo ese detalle que revelas! Tal vez seas el único que celebra en Chile con agua mineral. Me haces reír y me haces llorar al mismo tiempo. Marcelo, es una extraña pena-alegría que me producen tus cartas. Eres tan genuino, tan honesto, tan limpio de alma que es de no creerlo. Eres –como decía Borges en su poema “Los Justos“– uno de los pocos justos, por los que este mundo no se cae a pedazos. Tus poemas son justos, tus cartas son justas, cultivas una justicia caritativa, poética tan necesaria en este país en que tenemos que sanar nuestras profundas heridas. Pero con poesía, con cartas, con belleza, con afecto, paciencia, sabiduría no con resentimiento, afán de venganza, violencia, furia o funa.

Marcelo: por favor, no dejes de enviarme estas cartas que me hacen el día. Agradezco tu generosidad, tu tiempo (que me regalas) y ahora me dispongo a escribirte una carta de puño y letra para enviarte por correo: ahí te diré otras cosas que no puede decir aquí, porque todo lo que se diga digitalmente corre el riesgo de ser chacreado, descontextualizado, maleado por los nuevos profesionales del rencor. No dejes de practicar esta forma de resistencia: escribir cartas. Acuérdate de Rilke: “¿quién habla de triunfos? / el resistir lo es todo”. Y como decía un cubano que conocí hace muchos años, “te quiero y me quedo corto”.

Un abrazo.

Desde mi jardín, cordialmente

Cristián Warnken