Opinión de Fernando A. Tapia

Fútbol y la nueva era del (des)orden mundial

"La ausencia de autoridad que proyecta hoy la FIFA está ocasionando estragos", escribe Fernando A. Tapia. "Lo último fue el papelón mundial protagonizado por Brasil y Argentina en Sao Paulo".

Por Fernando A. Tapia

Miércoles 8 de septiembre de 2021

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Hace unos días escribí acerca de los nuevos dueños de la pelota en el fútbol mundial, magnates del Medio Oriente, Rusia, Estados Unidos y China que en los últimos años han realizado millonarias inversiones comprando equipos de renombre, desplazando con sus decisiones rápidamente el poder que durante décadas ostentó la propia FIFA.

El ejemplo fue la decisión de las principales ligas europeas de no facilitar a los futbolistas sudamericanos para la última fecha triple clasificatoria. En Gran Bretaña ni se inmutaron con las amenazas de duras sanciones que sugirió tímidamente la Federación Internacional de Fútbol. Al contrario, hoy son los jugadores que desafiaron la decisión de la Liga Premier abandonando sus equipos los que tiemblan con la posibilidad de un castigo.

La ausencia de autoridad que proyecta hoy la FIFA está ocasionando estragos. Lo último fue el papelón mundial protagonizado por Brasil y Argentina en Sao Paulo. Jamás alguien se hubiese imaginado que un encuentro entre de dos selecciones consideradas entre las más poderosas del mundo, con figuras planetarias, hubiese podido ser suspendido apenas con siete minutos jugados a causa de la decisión de un organismo gubernamental, cuyos agentes invadieron la cancha del Arena Corinthians con el objetivo de detener y expulsar del país a cuatro seleccionados argentinos que, según ellos, habían entregado información falsa en su declaración sanitaria de ingreso a Brasil. El vacío de poder hoy lo permite.

Lo cierto es que detrás de esa acción, más allá de las razones técnicas que se entregan, hay una batalla política que sacude al país que conduce el polémico presidente Jair Bolsonaro. Tal como los británicos, ya nadie teme a las posibles sanciones que volvió a prometer la FIFA, que abrió un expediente disciplinario que, seguramente, terminará con algún castigo que en ningún caso comprometerá la presencia de ambas selecciones en el mundial de Catar. Esto se los firmo. Porque para los incrédulos o inocentes, el fútbol siempre ha estado vinculado con la política, los negocios y el poder. Fue el propio presidente Bolsonaro el que rescató a la Confederación Sudamericana de Fútbol ayudando la realización de la última Copa América. Y no tengo certezas, pero tampoco dudas, que ha sido el propio mandatario brasileño el que permitió la suspensión del clásico continental, apenas iniciado el partido y cuando la sintonía de la red O Globo estaba disparada, como una forma de demostrar su poder en momentos que alentaba a sus seguidores con movilizaciones populares con el objetivo de derrocar a jueces de la corte suprema que lo investigan por atentados contra la democracia.

La Agencia Nacional de Vigilancia Santinaria (Anvisa) fue el organismo responsable de la insólita suspensión del partido. Si bien se define como un organismo autónomo, en Brasil nadie duda que se trata de una entidad que hoy se guía según el criterio del presidente Bolsonaro, quien designó en su dirección al contraalmirante Antonio Barra Torres. Si alguien en el país del fútbol es capaz de detener un encuentro de la selección con Neymar Jr. y Lionel Messi en la cancha, pues entonces lo puede todo, incluyendo la remoción de magistrados que no considere afines.

Opinión de Fernando A. Tapia

Los nuevos dueños de la pelota

"La FIFA ya no genera el miedo de antes", escribe Fernando A. Tapia. "En otros tiempos los clubes europeos le hubiesen puesto una alfombra roja a los jugadores sudamericanos para que viniesen a jugar".

Aunque hay otra teoría: que ha sido el gobernador de Sao Paulo, Joao Doria, líder del partido de centroderecha PSDB y posible candidato presidencial en las elecciones de 2022, el que estuvo detrás de los hechos. Doria ha alentado un impeachment contra Bolsonaro a quien, en los últimos meses, ha calificado de "líder psicópata", "genocida" y "negacionista acérrimo". Esta última opción parece más difícil de creer considerando que los agentes de Anvisa no dependen de la autoridad estadual. En fin, más allá de cuál sea la verdad, lo cierto que nada de esto hubiese sido posible de no mediar la creciente pérdida de poder de la FIFA. Ni hablar de Conmebol, un actor de reparto cuyo presidente, el paraguayo Alejandro Domínguez,  para peor, está distanciado de la máxima autoridad del fútbol en el mundo, el suizo Gianni Infantino.

Debo confesar, eso sí, que algo positivo veo en este nuevo (des)orden mundial. Durante décadas la FIFA promovió el nulo respeto para las leyes y normativas de los países asociados. Una suerte de un supra-estado paralelo que, bajo la amenaza de la expulsión de todas las competencias, incluyendo los mundiales, prohíbe a las federaciones y sus clubes asociados resolver sus controversias internas en las cortes de cada uno de los países. Los problemas del fútbol se resuelven dentro del fútbol es la máxima. De esa manera el poder queda radicado en la propia FIFA y en sus instancias judiciales. Con esto han hecho lo que han querido y ya sabemos el resultado: el mayor escándalo de corrupción en la historia ha sido protagonizado por los más altos dirigentes de la organización.

Por eso aplaudí la firme decisión de las autoridades sanitarias chilenas que a comienzos de este año, en uso de sus facultades y en base a la legislación local, decidieron aplicar una cuarentena preventiva a jugadores del equipo de Defensa y Justicia que habían vulnerado la burbuja sanitaria en su visita a Santiago para disputar la semifinal de la Copa Sudamericana ante Coquimbo Unido. Lamentablemente, el equipo chileno tuvo una débil y temerosa defensa del presidente de la Federación, Pablo Milad, y terminó perdiendo su localía en el partido más importante de su historia ante una injusta medida adoptada por Conmebol.

Está por verse si la FIFA aplica el mismo criterio con Brasil. Es lo que dice la lógica, aunque sabemos que en el juego del poder una sanción de este tipo contra la selección pentacampeona del mundo tendría demasiados costos para un organismo en decadencia, urgido -como vemos- de profundas reformas y de cambios radicales de sus funcionarios, muchos de los cuales continúan ligados con la casta dirigencial protagonista del Fifagate.

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