Opinión de Fernando A. Tapia

Los ricos también lloran

"Es cierto, la Superliga europea es una muy fea idea", dice Fernando Tapia. "Pero no me cabe duda que será una eficaz herramienta para elevar las entregas en dinero de la UEFA".

Florentino Pérez sostiene la Copa Libertadores junto a Alejandro Domínguez, presidente de Conmebol. Foto: Real Madrid.

Por Fernando A. Tapia

Miércoles 21 de abril de 2021

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La bombástica idea de la creación de una Superliga europea se cae a pedazos. A menos de 48 horas de su anuncio, varios equipos que habían firmado el compromiso para crear un torneo entre clubes poderosos, amparados en criterios exclusivamente económicos, se fueron bajando ante las presiones de la UEFA, la FIFA, los gobiernos –incluida la Santa Sede- y especialmente por el rechazo que provocó en millones de hinchas, jugadores y entrenadores de los mismas instituciones involucradas.

Más allá de las amenazas de durísimas sanciones anunciadas, como la exclusión de la Champions League o la prohibición para los jugadores de participar de las Eliminatorias y el Mundial de Catar, lo cierto es que fue la presión mediática la que volcó definitivamente la balanza en contra de los 12 clubes en su intento de establecer una competencia paralela.

"Hemos querido salvar al fútbol de la ruina", explicó el presidente del Real Madrid, Florentino Pérez, en un intento de justificar la iniciativa. El poderoso dirigente madridista se quejó en el programa deportivo de TV más popular de España de las "tristes" finanzas de su club, agregando que en el último ejercicio apenas habían podido recaudar 600 millones de euros, quedando 300 millones por debajo de lo necesario para los "merengues".

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En el Betis de Sevilla, donde dirige Manuel Pellegrini y ataja Claudio Bravo, casi se cayeron de espalda al comparar sus ingresos de la última temporada: 85 millones de euros. Con diferencias como esta es imposible empatizar con lo que es, en el fondo, el objetivo que hay detrás de la iniciativa del club de los 12: romper con el monopolio comercial de la UEFA y presionar por conseguir mejoras económicas por la participación en las competencias internacionales.

Pérez, un avezado dirigente y experto negociador, tiene razón en más de un aspecto. Primero, las audiencias han ido bajando, especialmente en el público más joven. Los partidos de primera fase ya no convocan el mismo interés en los hinchas, los que solo se entusiasman en las fases finales de las competencias, en los que en general están involucrados precisamente los equipos más poderosos. Y segundo, efectivamente la UEFA se queda con una gran tajada de los millones de euros que generan los torneos, obligando a los equipos participantes a renunciar a sus propios auspiciadores, negocio que maneja el organismo que representa a las federaciones europeas.

Aunque la fotografía del momento es la de un Florentino derrotado, lo cierto es que la batalla recién comienza y solo después de un tiempo conoceremos a los ganadores de esta guerra comercial.

Plantear la creación de una Superliga europea, de la que participaría apenas un selecto grupo de equipos grandes, dejando de lado criterios deportivos y desestimando el mérito, no es más que una propuesta de shock para provocar una reacción en la contraparte, en este caso la UEFA.

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A riesgo de ser calificados de codiciosos, elitistas y cesionistas, el solo hecho de plantear una liga paralela que compitiera con la Champions, es una eficiente herramienta de negociación. La FIFA, que ha actuado en defensa de una de sus asociaciones más poderosas, ha quedado expuesta en su hipocresía, hablándonos de solidaridad y de la necesidad de respetar el espíritu deportivo.

Raro, porque en 1998, nada dijo cuando en Sudamérica, a instancias de la Conmebol, una de sus confederaciones socias, se creó la Copa Mercosur, un torneo de clubes por invitación en los que solo se consideraron a los más populares del continente –incluidos Colo Colo, Universidad de Chile y Universidad Católica-, obviando la meritocracia que ahora reclama. Pero claro, entonces la Mercosur se disputó en tiempos distintos de la Copa Libertadores, por lo que no dañó el negocio y no se transformó en competencia directa de sus audiencias y patrocinios.

Sudamérica ha sido pionera en esto, y es probable que haya inspirado a Florentino y sus amigos. En 2016, justo después del "Fifagate", en el que la Conmebol perdió a todo su comité ejecutivo involucrado en la corrupción, el presidente de Boca Juniors, Daniel Angelici, encabezó la idea de la creación de la Liga Sudamericana de Fútbol.

En la Confederación Sudamericana cundió el terror ante la posibilidad de que los grandes del continente –otra vez con Colo Colo, la "U" y la UC entre ellos- armasen un torneo que dejaría en un segundo plano a la Copa Libertadores. El resultado se ha visto en el tiempo. Mientras en 2016 el torneo repartía para los clubes un total de US$ 71 millones, para este año 2021 la torta a repartir será de US$ 229 millones, es decir, 3 veces más. En otras palabras, obligaron a Conmebol a "sacar los cocodrilos de la billetera" y distribuir mejor ese dinero que antes se iba a las cuentas de los dirigentes, intermediarios y representantes.

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Es cierto, la Superliga europea es una muy fea idea, inaceptable desde los principios deportivos, la competencia y la equidad. Pero no me cabe duda que será una eficaz herramienta para elevar las entregas en dinero de la UEFA y que producen los clubes, en su mayoría endeudados por un mercado víctima de la inflación desmedida y empeorados por la pandemia.

Con seguridad más sano sería controlar y reducir los gastos, evitar los contratos multimillonarios, respetar el fair play financiero y terminar con la burbuja. Pero eso es pedir demasiado. Por ahora la imagen de Florentino Pérez quejándose de las "exiguas" finanzas de su club calza con el dicho de que "los ricos también lloran", aunque, pensándolo bien, probablemente mejor le vendría la frase del tango Cambalache: "El que no llora no mama y el no afana es un gil".

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