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Carta a los candidatos a la Presidencia de la República

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PAUTA
POR Eduardo Olivares |

“Por favor, no nos defrauden”, pide Cristián Warnken en esta carta: “Chile no aguanta ni un fraude ni una mentira más. Necesitamos con urgencia ser de verdad”.

Estimados candidata y candidatos a la Presidencia de la República:

A veces siento que el país está perdiendo el norte… y también el sur. ¡Para qué decir el centro! Aunque una vez el poeta Huidobro dijo que “los puntos cardinales son tres: el norte y el sur“. Quizás este país solo pueda entenderse –a veces– desde la poesía. Vivimos uno de esos momentos donde ni la lógica ni la razón parecen servir mucho… Ojalá que “sea por la razón o la poesía” y no “por la razón o la fuerza”. No hay que jugar nunca con fuego: cuando lo hemos hecho, hemos incendiado lo más valioso que tenemos y reconquistamos: la democracia.

Perder el centro es muy peligroso. Es tan fácil extraviarse y perderse. Los países –como las personas– pueden perderse. Y Chile es un país muy frágil, mucho más frágil de lo que parece. Frágil y también delicado: por eso duele que la ordinariez o la brutalidad esplendan hoy tanto en los medios de comunicación y también en las conversaciones públicas. Pero ojo: la cultura popular no es ordinaria: esta ordinariez que hoy lo domina todo viene de la élite de los medios de comunicación y redes sociales. Muchas décadas de farándula continua, casi infinita, nos han hecho muy mal, mal al alma. Y uso esa palabra, con la misma convicción con la que la usaba Gabriela Mistral para hablar de la cultura como el alma de un pueblo. Si yo fuera Presidente, pondría muchos recursos y energía en fortalecer la cultura para hacerle contrapeso a ese monstruo devorador que ha subsumido la política y la discusión pública en los matinales. ¿Qué lugar ocupa la cultura en sus programas? ¿Es marginal o central?

Chile es un regalo que nos ha sido dado, a nosotros, habitantes finitos, para cuidarlo. Y Cultura es cultivo y cuidado, Creo que desde hace tiempo nos hemos enfermado de desmesura, la vieja “hybris” griega. Olvidamos lo importante que es el cuidado, la “cura” de un país, del que somos todos responsables. La transición a la democracia, después de la dictadura, fue un tiempo en que el país se vio obligado a  optar por los acuerdos. No todos esos 30 años fueron una vergüenza, como ha querido imponer un relato maniqueo de la historia. Tuvo luces y sombras, y más luces que sombras. Pero es cierto que, de a poco, vino una suerte de conformismo que convirtió todo en cálculo y rendimiento, y que no consideró el pensar ni la sensibilidad de nuestro propio territorio, que descuidó barrios, medioambiente, comunidades, valores compartidos, historia, en una carrera loca hacia el progreso, aunque este fuera a costa de los equilibrios humanos y naturales. Era el pensar calculante sin el contrapeso del humanismo y la cultura, el pragmatismo ramplón, el consumismo alienado y alienante sin medida. En el momento del “peak” del desarrollo, no se pensó que había otro crecimiento tan importante como el económico: el crecimiento cultural y educacional, sin el cual los países no llegan a ser nada, nada con identidad ni ser propio. Y agréguese a esto que hubo reformas que era urgente hacer, y que no se hicieron por desidia y falta de visión.

Muchos problemas de fondo se tiraron debajo de la alfombra. Se estiró el elástico hasta que este se cortó: a eso se lo llamó “estallido”, yo lo llamo el “síndrome del elástico roto”. Ahora el elástico se está estirando en la otra dirección, de signo contrario: nos ha venido un delirio refundacional, a veces con visos jacobinos: hay que terminar con todo, el pasado entero es malo, la república no existe, la transición fue una larga traición, etcétera, etcétera. Eso se llama perder, en el sentido más profundo de la palabra, el centro. Se puso de moda transgredir todas las reglas, saltar todos lo torniquetes, quemar la mayor cantidad de iglesias, funar al adversario, destruir todas las estatuas que se pueda. El griterío reemplazó el diálogo, se descalificaron los acuerdos (se les llamó ahora “cocina”), se construyó un relato maniqueo de buenos y malos, etcétera. O sea, otra vez perdimos el norte y el centro. Después de deificarla por décadas, demonizamos la economía. Después de ser el ejemplo de la sensatez y el equilibrio, de ser los apolíneos de Sudamérica, nos volvimos repentinamente dionisíacos y en ocasiones tanáticos.

Esto de perder el centro, el norte y el sur , además, ya no es juego de palabras, se ha vuelto literal. En el norte, tenemos una crisis migratoria, ante la cual la clase dirigente parece paralizada; en el sur, arde la Araucanía todos los días. En el norte, una turba se lanza a quemar las pertenencias de inmigrantes desvalidos; en el sur, otras turbas queman casas de gente de trabajo. Minorías incendiarias marcan la pauta y nada las detiene. ¿Por qué esta súbita debilidad por el fuego? Es la violencia que hemos ido guardando dentro nuestro, porque perdimos nuestro centro, nuestra medida, nuestro ser. Estamos empobrecidos interiormente y esa es la peor de las indigencias. Nos hemos convertido en rebaño de los mensajes polarizadores de las redes sociales, hemos dejado de tener pensamiento propio, nos dejamos llevar por estados de ánimo y pulsiones básicas, nos compramos las mentiras y nos acostumbramos a ellas. Nos descentramos, porque hemos estado mucho tiempo mirando hacia afuera, copiando otros modelos (de uno y otro signo), en vez de hacer el trabajo de mirarnos hacia adentro. Es más fácil aplicar mecánicamente discursos ideológicos que crear herramientas propias para entender lo propio.

Estamos, entonces, en una crisis no solo política, ni económica ni social: nuestra crisis es espiritual. Porque nos falta una quilla propia, nos falta autenticidad y coraje para inventar algo propio. Somos títeres fáciles de populismos de un signo y otro y hemos perdido valores que alguna vez tuvimos como pueblo: estoicismo, espíritu de sacrificio, honradez, delicadeza y un cierto rechazo instintivo del desorden. Y títeres del delirio. Ahí está el viejo dicho campesino de “no mandarse las partes”. Somos un país geopolíticamente hablando muy frágil, un país que viene desde la austeridad y la pobreza como para darnos el lujo de seguir experimentando y estirando el elástico a un lado u otro y romperlo a la izquierda o la derecha, en la dirección que lo tiremos. Aquí o se hacen las cosas bien o los puentes se caen sobre hondos abismos y las casas se vienen abajo en intensos terremotos. Un país de volcanes tiene que ser un país con disciplina (no disciplinario) o la lava avanzará más rápido que nosotros y nos terminará quemando.

Sé que algunos lectores mal intencionados de esta carta dirán que estoy enviando un mensaje para votar por el centro, por algún candidato de centro (si lo hubiere) a la Presidencia. ¡Nada de eso! Cuando hablo de centro, hablo de centro ontológico, encontrar nuestro propio “Tao”. En los países tiene que haber izquierda y derecha, son el ying y yang del orden político, pero esa izquierda y derecha tienen cada cierto tiempo que recalibrarse. Esos han hecho los grandes líderes: el ejemplo de Angela Merkel en Alemania me parece un buen referente en este sentido para la centroderecha. Y de Pepe Mujica en Uruguay, para la izquierda. Merkel aprendió el sentido común por haber vivido el rigor de la Alemania del Este; Mujica, por una honda reflexión de su pasado guerrillero y por su cercanía con el campo. Necesitamos políticos así, políticos que construyan –con sus pueblos– un horizonte de sentido compartido, no la imposición de una “verdad revelada”. Un Sentido Común, con mayúsculas.

La izquierda hoy parece embriagada en el júbilo jacobino, en el exceso de entusiasmo y “bueno es el cilantro, pero no tanto”, dice el dicho popular. Le recomiendo a cierta izquierda sobregirada acudir a esa sabiduría ancestral (como nos lo ha enseñado nuestro maestro Gastón Soublette), mucho más que a las teorías que nacen importadas de la academia norteamericana o europea, desapegadas de nuestra realidad. Y cierta derecha no lo hace mejor: está –para variar– desconcertada, paralizada, apegada también a sus dogmas, oscilando entre el miedo y la falta de ideas o proyectos, y propensa a un discurso apocalíptico inconducente. Ambas necesitan un ajuste mayor, recalibrarse. ¿No es posible encontrar acaso el “justo medio” aristotélico, pero en versión “chilensis”? Chile no es el mejor país del mundo, pero tampoco el peor, sino todo lo contrario. Y encontrar el centro no significa resignarse a la medianía: es mucho más trabajoso aspirar y jugársela por eso que ofrecer soluciones irresponsables y facilistas a problemas complejos.

Por eso les escribo esta carta a todos ustedes, candidatos a la Presidencia: les pido, por favor, que recuperemos nuestros puntos cardinales, que elevemos el nivel de la conversación, ayudemos a mejorar el estado de ánimo. Dennos esperanza, invítenos a construir un futuro, no cedamos a la tentación –por subir uno o dos puntitos en las encuestas– de plagar los debates de voladores de luces y ataques personales. Firmen un acuerdo nacional entre ustedes que nos asegure que, cualquiera de ustedes sea el que gane, cuente con una oposición constructiva y no destructiva, porque sabemos lo difícil que será gobernar en los años que vienen. Llevamos décadas de alternancia mezquina: la derecha les hizo la vida imposible primero a los gobiernos de izquierda; ahora la izquierda hace lo mismo con el gobierno de derecha.

Candidatos a la Presidencia de Chile: admiro su valentía de querer asumir este desafío gigantesco en tiempos de incertidumbre, calentamiento de la economía, cambio climático, crisis de la democracia a nivel global.  Creo que esta campaña presidencial puede ser una oportunidad para hacer política con mayúscula, dar un ejemplo de civilidad posible, desde la diferencia. Con inteligencia, sensibilidad, serenidad. Sin renunciar a sus respectivas convicciones, pero sin convertir a estas en verdades absolutas. La política también es pedagogía. Para que Chile sea viable, abramos un debate de ideas, con altura de miras, generosidad y visión. Y para que eso no sea un sueño ingenuo e imposible, el show no debe continuar. ¡Expulsemos a la Farándula de la República, de una vez! Dejemos de hablarles a las redes sociales: no hay nada más patético que un Presidente tuitero (la primera potencia mundial tuvo uno así).

Para estos tiempos de peligro, no necesitamos cualquier política, necesitamos Gran Política. Con gran política, no digo política de grandes discursos ni grandes promesas, sino política sabia. No creo estar delirando: siento que la mayoría de los chilenos espera de ustedes eso. Por favor, no nos defrauden. Chile no aguanta ni un fraude ni una mentira más. Necesitamos con urgencia ser de verdad.

Para terminar esta carta, les regalo esta reflexión milenaria de la vieja sabiduría china sobre el buen gobierno, que está en el Tao Te King, del maestro Lao-Tse:

“Aquellos que creen ganar el mundo
Mediante manipulaciones
Nunca se salen con la suya.
El mundo es un objeto sagrado.
No se debe manipular.
Manipularlo es dañarlo.
Tomarlo por la fuerza es perderlo.
Por eso, el alma sabia
Evita los extremos, el exceso, lo extravagante”.

 

Un abrazo fraterno desde el jardín.

Cristián Warnken es el anfitrión de Desde El Jardín, de Radio PAUTA, de lunes a viernes a partir de las 20:00 horas. Escúchelo por la 100.5 en Santiago, 99.1 en Antofagasta, y por la 96.7 en Valparaíso, Viña del Mar y Temuco, y véalo por el streaming en www.PAUTA.cl